¡Qué frío hacía!; nevaba y comenzaba a
oscurecer; era la última noche del año, la noche
de San Silvestre. Bajo aquel frío y en aquella
oscuridad, pasaba por la calle una pobre niña,
descalza y con la cabeza descubierta. Verdad es
que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero,
¡de qué le sirvieron! Eran unas zapatillas que su
madre había llevado últimamente, y a la
pequeña le venían tan grandes, que las perdió al
cruzar corriendo la calle para librarse de dos
coches que venían a toda velocidad. Una de las
zapatillas no hubo medio de encontrarla, y la
otra se la había puesto un mozalbete, que dijo
que la haría servir de cuna el día que tuviese
hijos.
Y así la pobrecilla andaba descalza con los
desnudos piececitos completamente amoratados
por el frío. En un viejo delantal llevaba un
puñado de fósforos, y un paquete en una mano.
En todo el santo día nadie le había comprado
nada, ni le había dado un mísero chelín;
volvíase a su casa hambrienta y medio helada,
¡y parecía tan abatida, la pobrecilla! Los copos
de nieve caían sobre su largo cabello rubio,
cuyos hermosos rizos le cubrían el cuello; pero
no estaba ella para presumir.
En un ángulo que formaban dos casas -una más
saliente que la otra-, se sentó en el suelo y se
acurrucó hecha un ovillo. Encogía los piececitos
todo lo posible, pero el frío la iba invadiendo, y,
por otra parte, no se atrevía a volver a casa,
pues no había vendido ni un fósforo, ni
recogido un triste céntimo. Su padre le pegaría,
además de que en casa hacía frío también; sólo
los cobijaba el tejado, y el viento entraba por
todas partes, pese a la paja y los trapos con que
habían procurado tapar las rendijas. Tenía las
manitas casi ateridas de frío. ¡Ay, un fósforo la
aliviaría seguramente! ¡Si se atreviese a sacar
uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y
calentarse los dedos! Y sacó uno: «¡ritch!».
¡Cómo chispeó y cómo quemaba! Dio una
llama clara, cálida, como una lucecita, cuando
la resguardó con la mano; una luz maravillosa.
Parecióle a la pequeñuela que estaba sentada
junto a una gran estufa de hierro, con pies y
campana de latón; el fuego ardía
magníficamente en su interior, ¡y calentaba tan
bien! La niña alargó los pies para calentárselos
a su vez, pero se extinguió la llama, se esfumó
la estufa, y ella se quedó sentada, con el resto de
la consumida cerilla en la mano.
Encendió otra, que, al arder y proyectar su luz
sobre la pared, volvió a ésta transparente como
si fuese de gasa, y la niña pudo ver el interior de
una habitación donde estaba la mesa puesta,
cubierta con un blanquísimo mantel y fina
porcelana. Un pato asado humeaba
deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas.
Y lo mejor del caso fue que el pato saltó fuera
de la fuente y, anadeando por el suelo con un
tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigió
hacia la pobre muchachita. Pero en aquel
momento se apagó el fósforo, dejando visible
tan sólo la gruesa y fría pared.
Encendió la niña una tercera cerilla, y se
encontró sentada debajo de un hermosísimo
árbol de Navidad. Era aún más alto y más
bonito que el que viera la última Nochebuena, a
través de la puerta de cristales, en casa del rico
comerciante. Millares de velitas, ardían en las
ramas verdes, y de éstas colgaban pintadas
estampas, semejantes a las que adornaban los
escaparates. La pequeña levantó los dos
bracitos… y entonces se apagó el fósforo. Todas
las lucecitas se remontaron a lo alto, y ella se
dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas del
cielo; una de ellas se desprendió y trazó en el
firmamento una larga estela de fuego.
«Alguien se está muriendo» -pensó la niña, pues
su abuela, la única persona que la había querido,
pero que estaba muerta ya, le había dicho: –
Cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia
Dios.
Frotó una nueva cerilla contra la pared; se
iluminó el espacio inmediato, y apareció la
anciana abuelita, radiante, dulce y cariñosa.
– ¡Abuelita! -exclamó la pequeña-. ¡Llévame,
contigo! Sé que te irás también cuando se
apague el fósforo, del mismo modo que se
fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad.
Apresuróse a encender los fósforos que le
quedaban, afanosa de no perder a su abuela; y
los fósforos brillaron con luz más clara que la
del pleno día. Nunca la abuelita había sido tan
alta y tan hermosa; tomó a la niña en el brazo y,
envueltas las dos en un gran resplandor,
henchidas de gozo, emprendieron el vuelo hacia
las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío,
hambre ni miedo. Estaban en la mansión de
Dios Nuestro Señor.
Pero en el ángulo de la casa, la fría madrugada
descubrió a la chiquilla, rojas las mejillas, y la
boca sonriente… Muerta, muerta de frío en la
última noche del Año Viejo. La primera mañana
del Nuevo Año iluminó el pequeño cadáver,
sentado, con sus fósforos, un paquetito de los
cuales aparecía consumido casi del todo.
«¡Quiso calentarse!», dijo la gente. Pero nadie
supo las maravillas que había visto, ni el
esplendor con que, en compañía de su anciana
abuelita, había subido a la gloria del Año
Nuevo.
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La Sombra
¡Es terrible lo que quema el sol en los países
cálidos! Las gentes se vuelven muy morenas, y
en los países más tórridos su piel se quema
hasta hacerse negra. Pero ahora vais a oír la
historia de un sabio que de los países fríos pasó
sin transición a los cálidos, y creía que podría
seguir viviendo allí como en su tierra. Muy
pronto tuvo que cambiar de opinión. Durante el
día tuvo que seguir el ejemplo de todas las
personas juiciosas: permanecer en casa, con los
postigos de puertas y ventanas bien cerrados.
Hubiérase dicho que la casa entera dormía o que
no había nadie en ella. Para empeorar las cosas,
la estrecha calle de altos edificios, en la que
residía nuestro hombre, estaba orientada de
manera que en ella daba el sol desde el
mediodía hasta el ocaso; era realmente
inaguantable. El sabio de las tierras frías era un
hombre joven e inteligente; tenía la impresión
de estar encerrado en un horno ardiente, y
aquello lo afectó de tal modo que adelgazó
terriblemente, tanto, que hasta su sombra se
contrajo y redujo, volviéndose mucho más
pequeña que cuando se hallaba en su país; el sol
la absorbía también. Sólo se recuperaban al
anochecer, una vez el astro se había ocultado.
Era un espectáculo que daba gusto. No bien se
encendía la luz de la habitación, la sombra se
proyectaba entera en la pared, en toda su
longitud; debía estirarse para recobrar las
fuerzas. El sabio salía al balcón, para estirarse
en él, y en cuanto aparecían las estrellas en el
cielo sereno y maravilloso, se sentía pasar de
muerte a vida.
En todos los balcones de las casas – en los
países cálidos, todas las casas tienen balcones –
se veía gente; pues el aire es imprescindible,
incluso cuando se es moreno como la caoba.
Todo se animaba, arriba y abajo. Zapateros,
sastres y ciudadanos en general salían a la calle
con sus mesas y sillas, y ardía la luz, y más de
mil luces, y todos hablaban unos con otros y
cantaban, y algunos paseaban, mientras rodaban
coches y pasaban mulos, haciendo sonar sus
cascabeles. Desfilaban entierros al son de
cantos fúnebres, los golfillos callejeros
encendían petardos, repicaban las campanas; en
suma, que en la calle reinaba una gran
animación. Una sola casa, la fronteriza a la
ocupada por el sabio extranjero, se mantenía en
absoluto silencio, y, sin embargo, la habitaba
alguien, pues había flores en el balcón, flores
que crecían ubérrimas bajo el sol ardoroso, cosa
que habría sido imposible de no ser regadas;
alguien debía regarlas, pues, y, por tanto,
alguien debía de vivir en la casa. Al atardecer
abrían también el balcón, pero el interior
quedaba oscuro, por lo menos las habitaciones
delanteras; del fondo llegaba música. Al sabio
extranjero aquella música le parecía
maravillosa, pero tal vez era pura imaginación
suya, pues lo encontraba todo estupendo en los
países cálidos; ¡lástima que el sol quemara
tanto! El patrón de la casa donde residía le dijo
que ignoraba quién vivía enfrente; nunca se veía
a nadie, y en cuanto a la música, la encontraba
aburrida. Era como si alguien estudiase una
pieza, siempre la misma, sin lograr aprenderla.
«¡La sacaré!», piensa; pero no lo conseguirá,
por mucho que toque.
Una noche el forastero se despertó. Dormía con
el balcón abierto, el viento levantó la cortina, y
al hombre le pareció que del balcón fronterizo
venía un brillo misterioso; todas las flores
relucían como llamas, con los colores más
espléndidos, y en medio de ellas había una
esbelta y hermosa doncella; parecía brillar ella
también. El sabio se sintió deslumbrado, pero
hizo un esfuerzo para sacudiese el sueño y abrió
los ojos cuanto pudo. De un salto bajó de la
cama; sin hacer ruido se deslizó detrás de la
cortina, pero la muchacha había desaparecido, y
también el resplandor; las flores no relucían ya,
pero seguían tan hermosas como de costumbre;
la puerta estaba entornada, y en el fondo
resonaba una música tan deliciosa, que
verdaderamente parecía cosa de sueño. Era
como un hechizo; pero, ¿quién vivía allí?
¿Dónde estaba la entrada propiamente dicha?
La planta baja estaba enteramente ocupada por
tiendas, y no era posible que en éstas estuviera
la entrada.
Un atardecer se hallaba el sabio sentado en su
balcón; tenía la luz a su espalda, por lo que era
natural que su sombra se proyectase sobre la
pared de enfrente, al otro lado de la calle, entre
las flores del balcón; y cuando el extranjero se
movía, movíase también ella, como ya se
comprende.
– Creo que mi sombra es lo único viviente que
se ve ahí delante -dijo el sabio-. ¡Cuidado que
está graciosa, sentada entre las flores! La puerta
está entreabierta. Es una oportunidad que mi
sombra podría aprovechar para entrar adentro; a
la vuelta me contaría lo que hubiese visto.
¡Venga, sombra -dijo bromeando-, anímate y
sírveme de algo! Entra, ¿quieres? -y le dirigió
un signo con la cabeza, signo que la sombra le
devolvió-. Bueno, vete, pero no te marches del
todo -. El extranjero se levantó, y la sombra, en
el balcón fronterizo, levantóse a su vez; el
hombre se volvió, y la sombra se volvió
también. Si alguien hubiese reparado en ello,
habría observado cómo la sombra se metía, por
la entreabierta puerta del balcón, en el interior
de la casa de enfrente, al mismo tiempo que el
forastero entraba en su habitación, dejando caer
detrás de si la larga cortina.
A la mañana siguiente nuestro sabio salió a
tomar café y leer los periódicos. – ¿Qué
significa esto? -dijo al entrar en el espacio
soleado-. ¡No tengo sombra! Entonces será
cierto que se marchó anoche y no ha vuelto.
¡Esto sí que es bueno!
Le fastidiaba la cosa, no tanto por la ausencia de
la sombra como porque conocía el cuento del
hombre que había perdido su sombra, cuento
muy popular en los países fríos. Y cuando el
sabio volviera a su patria y explicara su
aventura, todos lo acusarían de plagiario, y no
quería pasar por tal. Por eso prefirió no hablar
del asunto, y en esto obró muy cuerdamente.
Al anochecer salió de nuevo al balcón, después
de colocar la luz detrás de él, pues sabía que la
sombra quiere tener siempre a su señor por
pantalla; pero no hubo medio de hacerla
comparecer. Se hizo pequeño, se agrandó, pero
la sombra no se dejó ver. El hombre la llamó
con una tosecita significativa: ¡ajem, ajem!,
pero en vano.
Era, desde luego, para preocuparse, aunque en
los países cálidos todo crece con gran rapidez, y
al cabo de ocho días observó nuestro sabio, con
gran satisfacción, que, tan pronto como salía el
sol, le crecía una sombra nueva a partir de las
piernas; por lo visto, habían quedado las raíces.
A las tres semanas tenía una sombra muy
decente, que, en el curso del viaje que
emprendió a las tierras septentrionales, fue
creciendo gradualmente, hasta que al fin llegó á
ser tan alta y tan grande, que con la mitad le
habría bastado.
Así llegó el sabio a su tierra, donde escribió
libros acerca de lo que en el mundo hay de
verdadero, de bueno y de bello. De esta manera
pasaron días y años; muchos años.
Una tarde estaba nuestro hombre en su
habitación, y he aquí que llamaron a la puerta
muy quedito.
– ¡Adelante! -dijo, pero no entró nadie. Se
levantó entonces y abrió la puerta: se presentó a
su vista un hombre tan delgado, que realmente
daba grima verlo. Aparte esto, iba muy bien
vestido, y con aire de persona distinguida.
– ¿Con quién tengo el honor de hablar? –
preguntó el sabio.
– Ya decía yo que no me reconocería -contestó
el desconocido-. Me he vuelto tan corpórea, que
incluso tengo carne y vestidos. Nunca pensó
usted en verme en este estado de prosperidad.
¿No reconoce a su antigua sombra? Sin duda
creyó que ya no iba a volver. Pues lo he pasado
muy bien desde que me separé de usted. He
prosperado en todos los aspectos. Me gustaría
comprar mi libertad, tengo medios para hacerlo
-. E hizo tintinear un manojo de valiosos dijes
que le colgaban del reloj, y puso la mano en la
recia cadena de oro que llevaba alrededor del
cuello. ¡Cómo refulgían los brillantes en sus
dedos! Y todos auténticos, además.
Los Vecinos
Cualquiera habría dicho que algo importante
ocurría en la balsa del pueblo, y, sin embargo,
no pasaba nada. Todos los patos, tanto los que
se mecían en el agua como los que se habían
puesto de cabeza – pues saben hacerlo -, de
pronto se pusieron a nadar precipitadamente
hacia la orilla; en el suelo cenagoso quedaron
bien visibles las huellas de sus pies y sus gritos
podían oírse a gran distancia. El agua se agitó
violentamente, y eso que unos momentos antes
estaba tersa como un espejo, en el que se
reflejaban uno por uno los árboles y arbustos de
las cercanías y la vieja casa de campo con los
agujeros de la fachada y el nido de golondrinas,
pero muy especialmente el gran rosal cuajado
de rosas, que bajaba desde el muro hasta muy
adentro del agua. El conjunto parecía un cuadro
puesto del revés. Pero en cuanto el agua se
agitaba, todo se revolvía, y la pintura se
esfumaba. Dos plumas que habían caído de los
patos al desplegar las alas, se balanceaban sobre
las olas, como si soplase el viento; y, sin
embargo, no lo había. Por fin quedaron
inmóviles: el agua recuperó su primitiva tersura
y volvió a reflejar claramente la fachada con el
nido de golondrinas y el rosal con cada una de
sus flores, que eran hermosísimas, aunque ellas
lo ignoraban porque nadie se lo había dicho. El
sol se filtraba por entre las delicadas y fragantes
hojas; y cada rosa se sentía feliz, de modo
parecido a lo que nos sucede a las personas
cuando estamos sumidos en nuestros
pensamientos.
– ¡Qué bella es la vida! -decía cada una de las
rosas-. Lo único que desearía es poder besar al
sol, por ser tan cálido y tan claro.
– Y también quisiera besar las rosas de debajo
del agua: ¡se parecen tanto a nosotras! Y besaría
también a las dulces avecillas del nido, que
asoman la cabeza piando levemente; no tienen
aún plumas como sus padres. Son buenos los
vecinos que tenemos, tanto los de arriba como
los de abajo. ¡Qué hermosa es la vida!
Aquellos pajarillos de arriba y de abajo – los
segundos no eran sino el reflejo de los primeros
en el agua – eran gurriatos, hijos de gorriones;
habían ocupado el nido abandonado por las
golondrinas el año anterior, y se encontraban en
él como en su propia casa.
– ¿Son patitos los que allí nadan? -preguntaron
los gurriatos al ver flotar en el agua las plumas
de las palmípedas.
– ¡No preguntéis tonterías! -replicó la madre-.
¿No veis que son plumas, prendas de vestir
vivas como las que yo llevo y que vosotros
llevaréis también, sólo que las nuestras son más
finas? Por lo demás, me gustaría tenerlas aquí
en el nido, pues son muy calientes. Quisiera
saber de qué se espantaron los patos. Habrá
sucedido algo en el agua. Yo no he sido, aunque
confieso que he piado un poco fuerte. Esas
cabezotas de rosas deberían saberlo, pero no
saben nada; mirarse en el espejo y despedir
perfume, eso es cuanto saben hacer. ¡Qué
vecinas tan aburridas!
– ¡Escuchad los pajarillos de arriba! -dijeron las
rosas-, hacen ensayos de canto. No saben
todavía, pero ya vendrá. ¡Qué bonito debe ser
saber cantar! Es delicioso tener vecinos tan
alegres.
En aquel momento llegaron, galopando, dos
caballos; venían a abrevar; un zagal montaba
uno de ellos, despojado de todas sus prendas de
vestir, excepto el sombrero, grande y de anchas
alas. El mozo silbaba como si fuese un pajarillo,
y se metió con su cabalgadura en la parte más
profunda de la balsa; al pasar junto al rosal
cortó una de sus rosas, se la prendió en el
sombrero, para ir bien adornado, y siguió
adelante. Las otras rosas miraban a su hermana
y se preguntaban mutuamente: – ¿Adónde va? –
pero ninguna lo sabía.
– A veces me gustaría salir a correr mundo -dijo
una de las flores a sus compañeras-. Aunque
también es muy hermoso este rincón verde en
que vivimos. Durante el día brilla el sol y nos
calienta, y por la noche, el cielo es aún más
bello; podemos verlo a través de los agujeritos
que tiene.
Se refería a las estrellas; pensaba que eran
agujeros del cielo. ¡No llegaba a más la ciencia
de las rosas!
– Nosotros traemos vida y animación a estos
parajes -dijo la gorriona-. Los nidos de
golondrina son de buen agüero, dice la gente;
por eso se alegran de tenernos. Pero aquel
vecino, el gran rosal que se encarama por la
pared, produce humedad. Espero que se marche
pronto, y en su lugar crezca trigo. Las rosas sólo
sirven de adorno y para perfumar el ambiente; a
lo sumo, para sujetarlas al sombrero. Todos los
años se marchitan, lo sé por mi madre. La
campesina las conserva en sal, y entonces tienen
un nombre francés que no sé pronunciar, ni me
importa; luego las esparce por la ventana
cuando quiere que huela bien. ¡Y ésta es toda su
vida! No sirven más que para alegrar los ojos y
el olfato. Ya lo sabéis, pues.
Al anochecer, cuando los mosquitos empezaron
a danzar en el aire tibio, y las nubes adquirieron
sus tonalidades rojas, presentóse el ruiseñor y
cantó a las rosas que en este mundo lo bello se
parece a la luz del sol y vive eternamente. Pero
las rosas creyeron que el ruiseñor cantaba sus
propias loanzas, y cualquiera lo habría pensado
también. No se les ocurrió que eran ellas el
objeto de su canto; sin embargo,
experimentaron un gran placer y se preguntaban
si tal vez los gurriatos no se volverían a su vez
ruiseñores.
– He comprendido muy bien lo que cantó el
pájaro -dijeron los gurriatos-. Sólo una palabra
quisiera que me explicasen: ¿qué significa «lo
bello»?
– No es nada -respondió la madre-, es una
simple apariencia. Allá arriba, en la finca de los
señores, donde las palomas tienen su casa
propia y todos los días se les reparten guisantes
y grano – yo he comido también con ellas, y
algún día vendréis vosotros: dime con quién
andas y te diré quién eres -, pues en aquella
finca tienen dos pájaros de cuello verde y un
mechoncito de plumas en la cabeza. Pueden
extender la cola como si fuese una gran rueda;
tienen todos los colores, hasta el punto de que
duelen los ojos de mirarlos. Se llaman pavos
reales, y son la belleza. Sólo con que los
desplumasen un poquitín, casi no se
distinguirían de nosotros. ¡Me entraban ganas
de emprenderlas a picotazos con ellos, pero eran
tan grandotes!.
– Pues yo los voy a picotear -exclamó el
benjamín de los gurriatos; el mocoso no tenía
aún plumas.
En el cortijo vivía un joven matrimonio que se
quería tiernamente; los dos eran laboriosos y
despiertos, y su casa era un primor de bien
cuidada. Los domingos por la mañana salía la
mujer, cortaba un ramo de las rosas más bellas y
las ponía en un florero, en el centro del armario.
– ¡Ahora me doy cuenta de que es domingo! –
decía el marido, besando a su esposa; y luego se
sentaban y lean un salmo, cogidos de las manos,
mientras el sol penetraba por las ventanas,
iluminando las frescas rosas y a la enamorada
pareja.
– ¡Este espectáculo me aburre! -dijo la gorriona,
que lo contemplaba desde su nido de enfrente; y
echó a volar.
Lo mismo hizo una semana después, pues cada
domingo ponían rosas frescas en el florero, y el
rosal seguía floreciendo tan hermoso. Los
gorrioncitos, que ya tenían plumas, hubieran
querido lanzarse a volar con su madre, pero ésta
les dijo: – ¡Quedaos aquí! – y se estuvieron
quietecitos. Ella se fue, pero, como suele ocurrir
con harta frecuencia, de pronto quedó cogida en
un lazo hecho de crines de caballo, que unos
muchachos habían colocado en una rama. Las
crines aprisionaron fuertemente la pata de la
gorriona, tanto, que parecía que iban a partirla.
¡Qué dolor y qué miedo! Los chicos cogieron el
pájaro, oprimiéndole terriblemente: – ¡Sólo es
un gorrión! -dijeron; pero no lo soltaron, sino
que se lo llevaron a casa, golpeándolo en el pico
cada vez que chillaba.
En la casa había un viejo entendido en el arte de
fabricar jabón para la barba y para las manos,
jabón en bolas y en pastillas. Era un viejo alegre
y trotamundos; al ver el gorrión que traían los
niños, del que, según ellos, no sabían qué hacer,
preguntóles:
– ¿Queréis que lo pongamos guapo?
Un estremecimiento de terror recorrió el cuerpo
de la gorriona al oír aquellas palabras. El viejo
abrió su caja – que contenía colores bellísimos -,
tomó una buena porción de purpurina y,
cascando un huevo que le proporcionaron los
chiquillos, separó la clara y untó con ella todo el
cuerpo del avecilla, espolvoreándolo luego con
el oro. Y de este modo quedó la gorriona
dorada, aunque no pensaba en su belleza, pues
se moría de miedo. Después, el jabonero
arrancó un trapo rojo del forro de su vieja
chaqueta, lo cortó en forma de cresta y lo pegó
en la cabeza del pájaro.
– ¡Ahora veréis volar el pájaro de oro! -dijo,
soltando al animalito, el cual, presa de mortal
terror, emprendió el vuelo por el espacio
soleado. ¡Dios mío, y cómo relucía! Todos los
gorriones, y también una corneja que no estaba
ya en la primera edad, se asustaron al verlo,
pero se lanzaron en su persecución, ávidos de
saber quién era aquel pájaro desconocido.
– ¿De dónde, de dónde? -gritaba la corneja.
– ¡Espera un poco, espera un poco! -decían los
gorriones. Pero ella no estaba para aguardar;
dominada por el miedo y la angustia, se dirigió
en línea recta hacia su casa. Poco le faltaba para
desplomarse rendida, pero cada vez era mayor
el número de sus perseguidores, grandes y
chicos; algunos se disponían incluso a atacarla.
– ¡Fijaos en ése, fijaos en ése! -gritaban todos.
– ¡Fijaos en ése, Fijaos en ése! -gritaron también
sus crías cuando a madre llegó al nido-.
Seguramente es un pavito, tiene todos los
colores, y hace daño a los ojos, como dijo
madre. ¡Pip! ¡Es la belleza! -. Y arremetieron
contra ella a picotazos, impidiéndole posarse en
el nido; y estaba la gorriona tan aterrorizada,
que no fue capaz de decir ¡pip!, y mucho
menos, claro está, ¡soy vuestra madre! Las otras
aves la agredieron también, le arrancaron todas
las plumas, y la pobre cayó ensangrentada en
medio del rosal.
– ¡Pobre animal! -dijeron las rosas-. ¡Ven, te
ocultaremos! ¡Apoya la cabecita sobre nosotras!
La gorriona extendió por última vez las alas,
luego las oprimió contra el cuerpo y expiró en
el seno de la familia vecina de las frescas y
perfumadas rosas.
– ¡Pip! -decían los gurriatos en el nido -, no
entiendo dónde puede estar nuestra madre. ¿No
será una treta suya, para que nos despabilemos
por nuestra cuenta y nos busquemos la comida?
Nos ha dejado en herencia la casa, pero, ¿quién
de nosotros se quedará con ella, cuando llegue
la hora de constituir una familia?
– Pues ya veréis cómo os echo de aquí, el día en
que amplíe mi hogar con mujer e hijos – dijo el
más pequeño.
– ¡Yo tendré mujer e hijos antes que tú! -replicó
el segundo.- ¡Yo soy el mayor! -gritó un
tercero. Todos empezaron a increparse, a
propinarse aletazos y picotazos, y, ¡paf!, uno
tras otro fueron cayendo del nido; pero aún en
el suelo seguían peleándose. Con la cabeza de
lado, guiñaban el ojo dirigido hacia arriba: era
su modo de manifestar su enfado.
Sabían ya volar un poquitín; luego se
ejercitaron un poco más y por último,
convinieron en que, para reconocerse si alguna
vez se encontraban por esos mundos de Dios,
dirían tres veces ¡pip! y rascarían otras tantas
con el pie izquierdo.
No era Buena para Nada
El alcalde estaba de pie ante la ventana abierta;
lucía camisa de puños planchados y un alfiler en
la pechera, y estaba recién afeitado. Lo había
hecho con su propia mano, y se había producido
una pequeña herida; pero la había tapado con un
trocito de papel de periódico.
– ¡Oye, chaval! – gritó.
El chaval era el hijo de la lavandera; pasaba por
allí y se quitó respetuosamente la gorra, cuya
visera estaba doblada de modo que pudiese
guardarse en el bolsillo. El niño, pobremente
vestido pero con prendas limpias y
cuidadosamente remendadas, se detuvo
reverente, cual si se encontrase ante el Rey en
persona.
– Eres un buen muchacho – dijo el alcalde -, y
muy bien educado. Tu madre debe de estar
lavando ropa en el río. Y tú irás a llevarle eso
que traes en el bolsillo, ¿no? Mal asunto, ese de
tu madre. ¿Cuánto le llevas?
– Medio cuartillo – contestó el niño a media voz,
en tono asustado.
– ¿Y esta mañana se bebió otro tanto? –
prosiguió el hombre.
– No, fue ayer – corrigió el pequeño.
– Dos cuartos hacen un medio. No vale para
nada. Es triste la condición de esa gente. Dile a
tu madre que debiera avergonzarse. Y tú
procura no ser un borracho, aunque mucho me
temo que también lo serás. ¡Pobre chiquillo!
Anda, vete.
El niño siguió su camino, guardando la gorra en
la mano, por lo que el viento le agitaba el rubio
cabello y se lo levantaba en largos mechones.
Torció al llegar al extremo de la calle, y por un
callejón bajó al río, donde su madre, de pies en
el agua junto a la banqueta, golpeaba la pesada
ropa con la pala. El agua bajaba en impetuosa
corriente – pues habían abierto las esclusas del
molino, – arrastrando las sábanas con tanta
fuerza, que amenazaba llevarse banqueta y todo.
A duras penas podía contenerla la mujer.
– ¡Por poco se me lleva a mí y todo! – dijo -.
Gracias a que has venido, pues necesito
reforzarme un poquitín. El agua está fría, y
llevo ya seis horas aquí. ¿Me traes algo?
El muchacho sacó la botella, y su madre,
aplicándosela a la boca, bebió un trago.
– ¡Ah, qué bien sienta! ¡Qué calorcito da! Es lo
mismo que tomar un plato de comida caliente, y
sale más barato. ¡Bebe, pequeño! Estás pálido,
debes de tener frío con estas ropas tan delgadas;
estamos ya en otoño. ¡Uf, qué fría está el agua!
¡Con tal que no caiga yo enferma! Pero no será.
Dame otro trago, y bebe tú también, pero un
sorbito solamente; no debes acostumbrarte,
pobre hijito mío.
Y subió a la pasarela sobre la que estaba el
pequeño y pasó a la orilla; el agua le manaba de
la estera de junco que, para protegerse, llevaba
atada alrededor del cuerpo, y le goteaba también
de la falda.
– Trabajo tanto, que la sangre casi me sale por
las uñas; pero no importa, con tal que pueda
criarte bien y hacer de ti un hombre honrado,
hijo mío.
En aquel momento se acercó otra mujer de más
edad, pobre también, a juzgar por su porte y sus
ropas. Cojeaba de una pierna, y una enorme
greña postiza le colgaba encima de un ojo, con
objeto de taparlo, pero sólo conseguía hacer
más visible que era tuerta. Era amiga de la
lavandera, y los vecinos la llamaban «la coja del
rizo».
– Pobre, ¡cómo te fatigas, metida en esta agua
tan fría! Necesitas tomar algo para entrar en
calor; ¡y aún te reprochan que bebas unas gotas!
-. Y le contó el discurso que el alcalde había
dirigido a su hijo. La coja lo había oído,
indignada de que al niño se le hablase así de su
madre, censurándola por los traguitos que
tomaba, cuando él se daba grandes banquetazos
en el que el vino se iba por botellas enteras.
– Sirven vinos finos y fuertes – dijo -, y muchos
beben más de lo que la sed les pide. Pero a eso
no lo llaman beber. Ellos son gente de
condición, y tú no vales para nada.
– ¡Conque esto te dijo, hijo mío! – balbuceó la
mujer con labios temblorosos -. ¡Que tienes una
madre que no vale nada! Tal vez tenga razón,
pero no debió decírselo a la criatura. ¡Con lo
que tuve que aguantar, en casa del alcalde!
– Serviste en ella, ¿verdad? cuando aún vivían
sus padres; muchos años han pasado desde
entonces. Muchas fanegas de sal han
consumido, y les habrá dado mucha sed – y la
coja soltó una risa amarga -. Hoy se da un gran
convite en casa del alcalde; en realidad debieran
haberlo suspendido, pero ya era tarde, y la
comida estaba preparada. Hace una hora llegó
una carta notificando que el más joven de los
hermanos acaba de morir en Copenhague. Lo sé
por el criado.
– ¡Ha muerto! – exclamó la lavandera,
palideciendo.
– Sí – respondió la otra -. ¿Tan a pecho te lo
tomas? Claro, lo conociste, pues servías en la
casa.
– ¡Ha muerto! Era el mejor de los hombres. No
van a Dios muchos como él – y las lágrimas le
rodaban por las mejillas -. ¡Dios mío! Me da
vueltas la cabeza. Debe ser que me he bebido la
botella, y es demasiado para mí. ¡Me siento tan
mal! – y se agarró a un vallado para no caerse.
– ¡Santo Dios, estás enferma, mujer! – dijo la
coja -. Pero tal vez se te pase. ¡No, de verdad
estás enferma! Lo mejor será que te acompañe a
casa.
– Pero, ¿y la ropa?
– Déjala de mi cuenta. Cógete a mi brazo. El
pequeño se quedará a guardar la ropa; luego yo
volveré a terminar el trabajo; ya quedan pocas
piezas.
La lavandera apenas podía sostenerse.
– Estuve demasiado tiempo en el agua fría.
Desde la madrugada no había tomado nada, ni
seco ni mojado. Tengo fiebre. ¡Oh, Jesús mío,
ayúdame a llegar a casa! ¡Mi pobre hijito! –
exclamó, prorrumpiendo a llorar.
Al niño se le saltaron también las lágrimas, y se
quedó solo junto a la ropa mojada. Las dos
mujeres se alejaron lentamente, la lavandera
con paso inseguro. Remontaron el callejón,
doblaron la esquina y, cuando pasaban por
delante de la casa del alcalde, la enferma se
desplomó en el suelo. Acudió gente.
La coja entró en la casa a pedir auxilio, y el
alcalde y los invitados se asomaron a la
ventana.
– ¡Otra vez la lavandera! – dijo -. Habrá bebido
más de la cuenta; no vale para nada. Lástima
por el chiquillo. Yo le tengo simpatía al
pequeño; pero la madre no vale nada.
Reanimaron a la mujer y la llevaron a su mísera
vivienda, donde la acostaron enseguida.
Su amiga corrió a prepararle una taza de
cerveza caliente con mantequilla y azúcar;
según ella, no había medicina como ésta. Luego
se fue al lavadero, acabó de lavar la ropa,
bastante mal por cierto, – pero hay que aceptar
la buena voluntad – y, sin escurrirla, la guardó
en el cesto.
Al anochecer se hallaba nuevamente a la
cabecera de la enferma. En la cocina de la
alcaldía le habían dado unas patatas asadas y
una buena lonja de jamón, con lo que cenaron
opíparamente el niño y la coja; la enferma se
dio por satisfecha con el olor, y lo encontró muy
nutritivo.
Acostóse el niño en la misma cama de su
madre, atravesado en los pies y abrigado con
una vieja alfombra toda zurcida y remendada
con tiras rojas y azules.
La lavandera se encontraba un tanto mejorada;
la cerveza caliente la había fortalecido, y el olor
de la sabrosa cena le había hecho bien.
– ¡Gracias, buen alma! – dijo a la coja -. Te lo
contaré todo cuando el pequeño duerma. Creo
que está ya dormido. ¡Qué hermoso y dulce está
con los ojos cerrados! No sabe lo que sufre su
madre. ¡Quiera Dios Nuestro Señor que no haya
de pasar nunca por estos trances! Cuando yo
servía en casa del padre del alcalde, que era
Consejero, regresó el más joven de los hijos,
que entonces era estudiante. Yo era joven,
alborotada y fogosa pero honrada, eso sí que
puedo afirmarlo ante Dios – dijo la lavandera -.
El mozo era alegre y animado, y muy bien
parecido. Hasta la última gota de su sangre era
honesta y buena. Jamás dio la tierra un hombre
mejor. Era hijo de la casa, y yo sólo una criada,
pero nos prometimos fidelidad, siempre dentro
de la honradez. Un beso no es pecado cuando
dos se quieren de verdad. Él lo confesó a su
madre; para él representaba a Dios en la Tierra,
y la señora era tan inteligente, tan tierna y
amorosa. Antes de marcharse me puso en el
dedo su anillo de oro. Cuando hubo partido, la
señora me llamó a su cuarto. Me habló con
seriedad, y no obstante con dulzura, como sólo
el bondadoso Dios hubiera podido hacerlo, y me
hizo ver la distancia que mediaba entre su hijo y
yo, en inteligencia y educación. «Ahora él sólo
ve lo bonita que eres, pero la hermosura se
desvanece. Tú no has sido educada como él; no
sois iguales en la inteligencia, y ahí está el
obstáculo. Yo respeto a los pobres – prosiguió -;
ante Dios muchos de ellos ocuparán un lugar
superior al de los ricos, pero aquí en la Tierra
no hay que desviarse del camino, si se quiere
avanzar; de otro modo, volcará el coche, y los
dos seréis víctimas de vuestro desatino. Sé que
un buen hombre, un artesano, se interesa por ti;
es el guantero Erich. Es viudo, no tiene hijos y
se gana bien la vida. Piensa bien en esto». Cada
una de sus palabras fue para mí una cuchillada
en el corazón, pero la señora estaba en lo cierto,
y esto me obligó a ceder. Le besé la mano
llorando amargas lágrimas, y lloré aún mucho
más cuando, encerrándome en mi cuarto, me
eché sobre la cama. Fue una noche dolorosa;
sólo Dios sabe lo que sufrí y luché. Al siguiente
domingo acudí a la Sagrada Misa a pedir a Dios
paz y luz para mi corazón. Y como si Él lo
hubiera dispuesto, al salir de la iglesia me
encontré con Erich, el guantero. Yo no dudaba
ya; éramos de la misma clase y condición, y él
gozaba incluso de una posición desahogada. Por
eso fui a su encuentro y cogiéndole la mano, le
dije: «¿Piensas todavía en mí?». «Sí, y mis
pensamientos serán siempre para ti sola», me
respondió. «¿Estás dispuesto a casarte con una
muchacha que te estima y respeta, aunque no te
ame? Pero quizás el amor venga más tarde».
«¡Vendrá!», dijo él, y nos dimos las manos. Me
volví yo a la casa de mi señora; llevaba
pendiente del cuello, sobre el corazón, el anillo
de oro que me había dado su hijo; de día no
podía ponérmelo en el dedo, pero lo hice a la
noche al acostarme, besándolo tan fuertemente
que la sangre me salió de los labios. Después lo
entregué a la señora, comunicándole que la
próxima semana el guantero pedirla mi mano.
La señora me estrechó entre sus brazos y me
besó; no dijo que no valía para nada, aunque
reconozco que entonces yo era mejor que ahora;
pero ¡sabía tan poco del mundo y de sus
infortunios! Nos casamos por la Candelaria, y el
primer año lo pasamos bien; tuvimos un criado
y una criada; tú serviste entonces en casa.
– ¡Oh, y qué buen ama fuiste entonces para mí! –
exclamó la coja -. Nunca olvidaré lo
bondadosos que fuisteis tú y tu marido. – Eran
buenos tiempos aquellos… No tuvimos hijos por
entonces. Al estudiante, no volví a verlo jamás.
O, mejor dicho, sí, lo vi una vez, pero no él a
mí. Vino al entierro de su madre. Lo vi junto a
su tumba, blanco como yeso y muy triste, pero
era por su madre. Cuando, más adelante, su
padre murió, él estaba en el extranjero; no vino
ni ha vuelto jamás a su ciudad natal. Nunca se
casó, lo sé de cierto. Era abogado. De mí no se
acordaba ya, y si me hubiese visto, difícilmente
me habría reconocido. ¡Me he vuelto tan fea! Y
es así como debe ser.
Luego le contó los días difíciles de prueba, en
que se sucedieron las desgracias. Poseían
quinientos florines, y en la calle había una casa
en venta por doscientos, pero sólo sería rentable
derribándola y construyendo una nueva. La
compraron, y el presupuesto de los albañiles y
carpinteros elevóse a mil veinte florines. Erich
tenía crédito; le prestaron el dinero en
Copenhague, pero el barco que lo traía
naufragó, perdiéndose aquella suma en el
naufragio.
– Fue entonces cuando nació este hijo mío, que
ahora duerme aquí. A su padre le acometió una
grave y larga enfermedad; durante nueve meses,
tuve yo que vestirlo y desnudarlo. Las cosas
marchaban cada vez peor; aumentaban las
deudas, perdimos lo que nos quedaba, y mi
marido murió. Yo me he matado trabajando, he
luchado y sufrido por este hijo, he fregado
escaleras y lavado ropa, basta o fina, pero Dios
ha querido que llevase esta cruz. Él me redimirá
y cuidará del pequeño.
Y se quedó dormida.
A la mañana sintióse más fuerte; pensó que
podría reanudar el trabajo. Estaba de nuevo con
los pies en el agua fría, cuando de repente le
cogió un desmayo. Alargó convulsivamente la
mano, dio un paso hacia la orilla y cayó,
quedando con la cabeza en la orilla y los pies en
el agua. La corriente se llevó los zuecos que
calzaba con un manojo de paja en cada uno. Allí
la encontró la coja del rizo cuando fue a traerle
un poco de café.
Entretanto, el alcalde le había enviado recado a
su casa para que acudiese a verlo cuanto antes,
pues tenía algo que comunicarle. Pero llegó
demasiado tarde. Fue un barbero para sangrarla,
pero la mujer había muerto.
– ¡Se ha matado de una borrachera! – dijo el
alcalde.
La carta que daba cuenta del fallecimiento del
hermano contenía también copia del testamento,
en el cual se legaban seiscientos florines a la
viuda del guantero, que en otro tiempo sirviera
en la casa de sus padres. Aquel dinero debería
pagarse, contante y sonante, a la legataria o a su
hijo.
– Algo hubo entre ellos – dijo el alcalde -.
Menos mal que se ha marchado; toda la
cantidad será para el hijo; lo confiaré a personas
honradas, para que hagan de él un artesano
bueno y capaz.
Dios dio su bendición a aquellas palabras.
El alcalde llamó al niño a su presencia, le
prometió cuidar de él, y le dijo que era mejor
que su madre hubiese muerto, pues no valía
para nada.
Condujeron el cuerpo al cementerio, al
cementerio de los pobres; la coja plantó un
pequeño rosal sobre la tumba, mientras el
muchachito permanecía de pie a su lado.
– ¡Madre mía! – dijo, deshecho en lágrimas -.
¿Es verdad que no valía para nada?
– ¡Oh, sí, valía! – exclamó la vieja, levantando
los ojos al cielo.
– Hace muchos años que yo lo sabía, pero
especialmente desde la noche última. Te digo
que sí valía, y que lo mismo dirá Dios en el
cielo. ¡No importa que el mundo siga afirmando
que no valía para nada!.