Category Archives: Hans Christian Andersen

La Casa Vieja

Había en una callejuela una casa muy vieja,
muy vieja; tenía casi trescientos años, según
podía leerse en las vigas, en las que estaba
escrito el año, en cifras talladas sobre una
guirnalda de tulipanes y hojas de lúpulo. Había
también versos escritos en el estilo de los
tiempos pasados, y sobre cada una de las
ventanas en la viga, se veía esculpida una cara
grotesca, a modo de caricatura. Cada piso
sobresalía mucho del inferior, y bajo el tejado
habían puesto una gotera con cabeza de dragón;
el agua de lluvia salía por sus fauces, pero
también por su barriga, pues la canal tenía un
agujero.
Todas las otras casas de la calle eran nuevas y
bonitas, con grandes cristales en las ventanas y
paredes lisas; bien se veía que nada querían
tener en común con la vieja, y seguramente
pensaban:
«¿Hasta cuándo seguirá este viejo armatoste,
para vergüenza de la calle? Además, el balcón
sobresale de tal modo que desde nuestras
ventanas nadie puede ver lo que pasa allí. La
escalera es ancha como la de un palacio y alta
como la de un campanario. La barandilla de
hierro parece la puerta de un panteón, y además
tiene pomos de latón. ¡Habráse visto!».
Frente por frente había también casas nuevas
que pensaban como las anteriores; pero en una
de sus ventanas vivía un niño de coloradas
mejillas y ojos claros y radiantes, al que le
gustaba la vieja casa, tanto a la luz del sol como
a la de la luna. Se entretenía mirando sus
decrépitas paredes, y se pasaba horas enteras
imaginando los cuadros más singulares y el
aspecto que años atrás debía de ofrecer la calle,
con sus escaleras, balcones y puntiagudos
hastiales; veía pasar soldados con sus alabardas
y correr los canalones como dragones y
vestiglos. Era realmente una casa notable. En el
piso alto vivía un anciano que vestía calzón
corto, casaca con grandes botones de latón y
una majestuosa peluca. Todas las mañanas iba a
su cuarto un viejo sirviente, que cuidaba de la
limpieza y hacía los recados; aparte él, el
anciano de los calzones cortos vivía
completamente solo en la vetusta casona. A
veces se asomaba a la ventana; el chiquillo lo
saludaba entonces con la cabeza, y el anciano le
correspondía de igual modo. Así se conocieron,
y entre ellos nació la amistad, a pesar de no
haberse hablado nunca; pero esto no era
necesario.
El chiquillo oyó cómo sus padres decían:
– El viejo de enfrente parece vivir con
desahogo, pero está terriblemente solo.
El domingo siguiente el niño cogió un objeto, lo
envolvió en un pedazo de papel, salió a la
puerta y dijo al mandadero del anciano:
– Oye, ¿quieres hacerme el favor de dar esto de
mi parte al anciano señor que vive arriba?
Tengo dos soldados de plomo y le doy uno,
porque sé que está muy solo.
El viejo sirviente asintió con un gesto de agrado
y llevó el soldado de plomo a la vieja casa.
Luego volvió con el encargo de invitar al niño a
visitar a su vecino, y el niño acudió, después de
pedir permiso a sus padres.
Los pomos de latón de la barandilla de la
escalera brillaban mucho más que de
costumbre; diríase que los habían pulimentado
con ocasión de aquella visita; y parecía que los
trompeteros de talla, que estaban esculpidos en
la puerta saliendo de tulipanes, soplaran con
todas sus fuerzas y con los carrillos mucho más
hinchados que lo normal. «¡Taratatrá! ¡Que
viene el niño! ¡Taratatrá!», tocaban; y se abrió
la puerta. Todas las paredes del vestíbulo
estaban cubiertas de antiguos cuadros
representando caballeros con sus armaduras y
damas vestidas de seda; y las armas rechinaban,
y las sedas crujían. Venía luego una escalera
que, después de subir un buen trecho, volvía a
bajar para conducir a una azotea muy decrépita,
con grandes agujeros y largas grietas, de las que
brotaban hierbas y hojas. Toda la azotea, el
patio y las paredes estaban revestidas de verdor,
y aun no siendo más que un terrado, parecía un
jardín. Había allí viejas macetas con caras
pintadas, y cuyas asas eran orejas de asno; pero
las flores crecían a su antojo, como plantas
silvestres. De uno de los tiestos se
desparramaban en todos sentidos las ramas y
retoños de una espesa clavellina, y los retoños
hablaban en voz alta, diciendo: «¡He recibido la
caricia del aire y un beso del sol, y éste me ha
prometido una flor para el domingo, una
florecita para el domingo!».
Pasó luego a una habitación cuyas paredes
estaban revestidas de cuero de cerdo, estampado
de flores doradas.
El dorado se desluce
pero el cuero queda,
decían las paredes.
Había sillones de altos respaldos, tallados de
modo pintoresco y con brazos a ambos lados.
«¡Siéntese! ¡Tome asiento! -decían-. ¡Ay!
¡Cómo crujo! Seguramente tendré la gota, como
el viejo armario. La gota en la espalda, ¡ay!».
Finalmente, el niño entró en la habitación del
mirador, en la cual estaba el anciano.
– Muchas gracias por el soldado de plomo,
amiguito mío -dijo el viejo-. Y mil gracias
también por tu visita.
«¡Gracias, gracias!», o bien «¡crrac, crrac!», se
oía de todos los muebles. Eran tantos, que casi
se estorbaban unos a otros, pues, todos querían
ver al niño.
En el centro de la pared colgaba el retrato de
una hermosa dama, de aspecto alegre y juvenil,
pero vestida a la antigua, con el pelo empolvado
y las telas tiesas y holgadas; no dijo ni
«gracias» ni «crrac», pero miraba al pequeño
con ojos dulces. Éste preguntó al viejo:
-¿ De dónde lo has sacado?
– Del ropavejero de enfrente -respondió el
hombre-. Tiene muchos retratos. Nadie los
conoce ni se preocupa de ellos, pues todos están
muertos y enterrados; pero a ésta la conocí yo
en tiempos; hace ya cosa de medio siglo que
murió.
Bajo el cuadro colgaba, dentro de un marco y
cubierto con cristal, un ramillete de flores
marchitas; seguramente habrían sido cogidas
también medio siglo atrás, tan viejas parecían.
El péndulo del gran reloj marcaba su tictac, y
las manecillas giraban, y todas las cosas de la
habitación se iban volviendo aún más viejas;
pero ellos no lo notaron.
– En casa dicen -observó el niño- que vives muy
solo.
– ¡Oh! -sonrió el anciano-, no tan solo como
crees. A menudo vienen a visitarme los viejos
pensamientos, con todo lo que traen consigo, y,
además, ahora has venido tú. No tengo por qué
quejarme.
Entonces sacó del armario un libro de estampas,
entre las que figuraban largas comitivas, coches
singularísimos como ya no se ven hoy día,
soldados y ciudadanos con las banderas de las
corporaciones: la de los sastres llevaba unas
tijeras sostenidas por dos leones; la de los
zapateros iba adornada con un águila, sin
zapatos, es cierto, pero con dos cabezas, pues
los zapateros lo quieren tener todo doble, para
poder decir: es un par. ¡Qué hermoso libro de
estampas!
El anciano pasó a otra habitación a buscar
golosinas, manzanas y nueces; en verdad que la
vieja casa no carecía de encantos.
– No lo puedo resistir! -exclamó de súbito
el soldado de plomo desde su sitio
encima de la cómoda-. Esta casa está
sola y triste. No; quien ha conocido la
vida de familia, no puede habituarse a
esta soledad. ¡No lo resisto! El día se
hace terriblemente largo, y la noche,
más larga aún. Aquí no es como en tu
casa, donde tu padre y tu madre charlan
alegremente, y donde tú y los demás
chiquillos estáis siempre alborotando.
¿Cómo puede el viejo vivir tan solo?
¿Imaginas lo que es no recibir nunca un
beso, ni una mirada amistosa, o un árbol
de Navidad? Una tumba es todo lo que
espera. ¡No puedo resistirlo!

El Niño Travieso

Érase una vez un anciano poeta, muy bueno y
muy viejo. Un atardecer, cuando estaba en casa,
el tiempo se puso muy malo; fuera llovía a
cántaros, pero el anciano se encontraba muy a
gusto en su cuarto, sentado junto a la estufa, en
la que ardía un buen fuego y se asaban
manzanas.
– Ni un pelo de la ropa les quedará seco a los
infelices que este temporal haya pillado fuera de
casa -dijo, pues era un poeta de muy buenos
sentimientos.
– ¡Ábrame! ¡Tengo frío y estoy empapado! –
gritó un niño desde fuera. Y llamaba a la puerta
llorando, mientras la lluvia caía furiosa, y el
viento hacía temblar todas las ventanas.
– ¡Pobrecillo! -dijo el viejo, abriendo la puerta.
Estaba ante ella un rapazuelo completamente
desnudo; el agua le chorreaba de los largos rizos
rubios. Tiritaba de frío; de no hallar refugio,
seguramente habría sucumbido, víctima de la
inclemencia del tiempo.
– ¡Pobre pequeño! -exclamó el compasivo
poeta, cogiéndolo de la mano-. ¡Ven conmigo,
que te calentaré! Voy a darte vino y una
manzana, porque eres tan precioso.
Y lo era, en efecto. Sus ojos parecían dos
límpidas estrellas, y sus largos y ensortijados
bucles eran como de oro puro, aun estando
empapados. Era un verdadero angelito, pero
estaba pálido de frío y tirítaba con todo su
cuerpo. Sostenía en la mano un arco magnifico,
pero estropeado por la lluvia; con la humedad,
los colores de sus flechas se habían borrado y
mezclado unos con otros.
El poeta se sentó junto a la estufa, puso al
chiquillo en su regazo, escurrióle el agua del
cabello, le calentó las manitas en las suyas y le
preparó vino dulce. El pequeño no tardó en
rehacerse: el color volvió a sus mejillas, y,
saltando al suelo, se puso a bailar alrededor del
anciano poeta.
– ¡Eres un rapaz alegre! -dijo el viejo-. ¿Cómo
te llamas?
– Me llamo Amor -respondió el pequeño-. ¿No
me conoces? Ahí está mi arco, con el que
disparo, puedes creerme. Mira, ya ha vuelto el
buen tiempo, y la luna brilla.
– Pero tienes el arco estropeado -observó el
anciano.
– ¡Mala cosa sería! -exclamó el chiquillo, y,
recogiéndolo del suelo, lo examinó con
atención-. ¡Bah!, ya se ha secado; no le ha
pasado nada; la cuerda está bien tensa. ¡Voy a
probarlo! -. Tensó el arco, púsole una flecha y,
apuntando, disparó certero, atravesando el
corazón del buen poeta.- ¡Ya ves que mi arco no
está estropeado! -dijo, y, con una carcajada, se
marchó. ¡Habíase visto un chiquillo más malo!
¡Disparar así contra el viejo poeta, que lo había
acogido en la caliente habitación, se había
mostrado tan bueno con él y le había dado tan
exquisito vino y sus mejores manzanas!
El buen señor yacía en el suelo, llorando;
realmente le habían herido en el corazón.
-¡Oh, qué niño tan pérfido es ese Amor! Se lo
contaré a todos los chiquillos buenos, para que
estén precavidos y no jueguen con él, pues
procurará causarles algún daño.
Todos los niños y niñas buenos a quienes contó
lo sucedido se pusieron en guardia contra las
tretas de Amor, pero éste continuó haciendo de
las suyas, pues realmente es de la piel del
diablo. Cuando los estudiantes salen de sus
clases, él marcha a su lado, con un libro debajo
del brazo y vestido con levita negra. No lo
reconocen y lo cogen del brazo, creyendo que
es también un estudiante, y entonces él les clava
una flecha en el pecho. Cuando las muchachas
vienen de escuchar al señor cura y han recibido
ya la confirmación él las sigue también. Sí,
siempre va detrás de la gente. En el teatro se
sienta en la gran araña, y echa llamas para que
las personas crean que es una lámpara, pero
¡quiá!; demasiado tarde descubren ellas su
error. Corre por los jardines y en torno a las
murallas. Sí, un día hirió en el corazón a tu
padre y a tu madre. Pregúntaselo, verás lo que
te dicen. Créeme, es un chiquillo muy travieso
este Amor; nunca quieras tratos con él; acecha a
todo el mundo. Piensa que un día disparó, una
flecha hasta a tu anciana abuela; pero de eso
hace mucho tiempo. Ya pasó, pero ella no lo
olvida. ¡Caramba con este diablillo de Amor!
Pero ahora ya lo conoces y sabes lo malo que
es.

Las Flores de la Pequeña Ida

– ¡Mis flores se han marchitado! -exclamó la
pequeña Ida.
– Tan hermosas como estaban anoche, y ahora
todas sus hojas cuelgan mustias. ¿Por qué será
esto? -preguntó al estudiante, que estaba
sentado en el sofá. Le tenía mucho cariño, pues
sabía las historias más preciosas y divertidas, y
era muy hábil además en recortar figuras
curiosas: corazones con damas bailando, flores
y grandes castillos cuyas puertas podían abrirse.
Era un estudiante muy simpático.
– ¿Por qué ponen una cara tan triste mis flores
hoy? -dijo, señalándole un ramillete
completamente marchito.
– ¿No sabes qué les ocurre? -respondió el
estudiante-. Pues que esta noche han ido al
baile, y por eso tienen hoy las cabezas
colgando.
– ¡Pero si las flores no bailan! -repuso Ida.
– ¡Claro que sí! -dijo el estudiante-. En cuanto
oscurece y nosotros nos acostamos, ellas
empiezan a saltar y bailar. Casi todas las noches
tienen sarao.
– ¿Y los niños no pueden asistir?
– Claro que sí -contestó el estudiante-. Las
margaritas y los muguetes muy pequeñitos.
– ¿Dónde bailan las flores? -siguió preguntando
la niña.
– ¿No has ido nunca a ver las bonitas flores del
jardín del gran palacio donde el Rey pasa el
verano?. Claro que has ido, y habrás visto los
cisnes que acuden nadando cuando haces señal
de echarles migas de pan. Pues allí hacen unos
bailes magníficos, te lo digo yo.
– Ayer estuve con mamá -dijo Ida-; pero habían
caído todas las hojas de los árboles, ya no
quedaba ni una flor. ¿Dónde están? ¡Tantas
como había en verano!
– Están dentro del palacio -respondió el
estudiante-. Has de saber que en cuanto el Rey y
toda la corte regresan a la ciudad, todas las
flores se marchan corriendo del jardín y se
instalan en palacio, donde se divierten de lo
lindo. ¡Tendrías que verlo! Las dos rosas más
preciosas se sientan en el trono y hacen de Rey
y de Reina. Las rojas gallocrestas se sitúan de
pie a uno y otro lado y hacen reverencias; son
los camareros. Vienen luego las flores más
lindas y empieza el gran baile; las violetas
representan guardias marinas, y bailan con los
jacintos y los azafranes, a los que llaman
señoritas. Los tulipanes y las grandes azucenas
de fuego son damas viejas que cuidan de que se
baile en debida forma y de que todo vaya bien.
– Pero -preguntó la pequeña Ida-, ¿nadie les dice
nada a las flores por bailar en el palacio real?
– El caso es que nadie está en el secreto -,
respondió el estudiante-. Cierto que alguna vez
que otra se presenta durante la noche el viejo
guardián del castillo, con su manojo de llaves,
para cerciorarse de que todo está en regla; pero
no bien las flores oyen rechinar la cerradura, se
quedan muy quietecitas, escondidas detrás de
los cortinajes y asomando las cabecitas. «Aquí
huele a flores», dice el viejo guardián, «pero no
veo ninguna».
– ¡Qué divertido! -exclamó Ida, dando una
palmada-. ¿Y no podría yo ver las flores?
– Sí -dijo el estudiante-. Sólo tienes que
acordarte, cuando salgas, de mirar por la
ventana; enseguida las verás. Yo lo hice hoy. En
el sofá había estirado un largo lirio de Pascua
amarillo; era una dama de la corte.
– ¿Y las flores del Jardín Botánico pueden ir
también, con lo lejos que está?
– Sin duda -respondió el estudiante -, ya que
pueden volar, si quieren. ¿No has visto las
hermosas mariposas, rojas, amarillas y blancas?
Parecen flores, y en realidad lo han sido. Se
desprendieron del tallo, y, agitando las hojas
cual si fueran alas, se echaron a volar; y como
se portaban bien, obtuvieron permiso para volar
incluso durante el día, sin necesidad de volver a
la planta y quedarse en sus tallos, y de este
modo las hojas se convirtieron al fin en alas de
veras. Tú misma las has visto. Claro que a lo
mejor las flores del Jardín Botánico no han
estado nunca en el palacio real, o ignoran lo
bien que se pasa allí la noche. ¿Sabes qué? Voy
a decirte una cosa que dejaría pasmado al
profesor de Botánica que vive cerca de aquí ¿lo
conoces, no? Cuando vayas a su jardín contarás
a una de sus flores lo del gran baile de palacio;
ella lo dirá a las demás, y todas echarán a volar
hacia allí. Si entonces el profesor acierta a salir
al jardín, apenas encontrará una sola flor, y no
comprenderá adónde se han metido.
– Pero, ¿cómo va la flor a contarlo a las otras?
Las flores no hablan.
– Lo que se dice hablar, no -admitió el
estudiante-, pero se entienden con signos ¿No
has visto muchas veces que, cuando sopla un
poco de brisa, las flores se inclinan y mueven
sus verdes hojas? Pues para ellas es como si
hablasen.
– ¿Y el profesor entiende sus signos? -preguntó
Ida.
– Supongo que sí. Una mañana salió al jardín y
vio cómo una gran ortiga hacía signos con las
hojas a un hermoso clavel rojo. «Eres muy
lindo; te quiero», decía. Mas el profesor, que no
puede sufrir a las ortigas, dio un manotazo a la
atrevida en las hojas que son sus dedos; mas la
planta le pinchó, produciéndole un fuerte
escozor, y desde entonces el buen señor no se
ha vuelto a meter con las ortigas.
– ¡Qué divertido! -exclamó Ida, soltando la
carcajada.
– ¡Qué manera de embaucar a una criatura! –
refunfuñó el aburrido consejero de Cancillería,
que había venido de visita y se sentaba en el
sofá. El estudiante le era antipático, y siempre
gruñía al verle recortar aquellas figuras tan
graciosas: un hombre colgando de la horca y
sosteniendo un corazón en la mano – pues era
un robador de corazones -, o una vieja bruja
montada en una escoba, llevando a su marido
sobre las narices. Todo esto no podía sufrirlo el
anciano señor, y decía, como en aquella
ocasión:
– ¡Qué manera de embaucar a una criatura!
¡Vaya fantasías tontas!
Mas la pequeña Ida encontraba divertido lo que
le contaba el estudiante acerca de las flores, y
permaneció largo rato pensando en ello. Las
flores estaban con las cabezas colgantes,
cansadas, puesto que habían estado bailando
durante toda la noche. Seguramente estaban
enfermas. Las llevó, pues, junto a los demás
juguetes, colocados sobre una primorosa mesita
cuyo cajón estaba lleno de cosas bonitas. En la
camita de muñecas dormía su muñeca Sofía, y
la pequeña Ida le dijo:
– Tienes que levantarte, Sofía; esta noche habrás
de dormir en el cajón, pues las pobrecitas flores
están enfermas y las tengo que acostar en la
cama, a ver si se reponen -. Y sacó la muñeca,
que parecía muy enfurruñada y no dijo ni pío; le
fastidiaba tener que ceder su cama.
Ida acostó las flores en la camita, las arropó con
la diminuta manta y les dijo que descansasen
tranquilamente, que entretanto les prepararía té
para animarlas y para que pudiesen levantarse al
día siguiente. Corrió las cortinas en torno a la
cama para evitar que el sol les diese en los ojos.
Durante toda la velada estuvo pensando en lo
que le había contado el estudiante; y cuando iba
a acostarse, no pudo contenerse y miró detrás de
las cortinas que colgaban delante de las
ventanas, donde estaban las espléndidas flores
de su madre, jacintos y tulipanes, y les dijo en
voz muy queda:
– ¡Ya sé que esta noche bailaréis! -. Las flores
se hicieron las desentendidas y no movieron ni
una hoja. Mas la pequeña Ida sabía lo que sabía.
Ya en la cama, estuvo pensando durante largo
rato en lo bonito que debía ser ver a las bellas
flores bailando allá en el palacio real. «¿Quién
sabe si mis flores no bailarán también?». Pero
quedó dormida enseguida.
Despertó a medianoche; había soñado con las
flores y el estudiante a quien el señor Consejero
había regañado por contarle cosas tontas. En el
dormitorio de Ida reinaba un silencio absoluto;
la lámpara de noche ardía sobre la mesita, y
papá y mamá dormían a pierna suelta.
-¿Estarán mis flores en la cama de Sofía? -se
preguntó-. Me gustaría saberlo -. Se incorporó
un poquitín y miró a la puerta, que estaba
entreabierta. En la habitación contigua estaban
sus flores y todos sus juguetes. Aguzó el oído y
le pareció oír que tocaban el piano, aunque muy
suavemente y con tanta dulzura como nunca lo
había oído. «Sin duda todas las flores están
bailando allí», pensó. «¡Cómo me gustaría
verlo!». Pero no se atrevía a levantarse, por
temor a despertar a sus padres.
– ¡Si al menos entrasen en mi cuarto!- dijo; pero
las flores no entraron, y la música siguió
tocando primorosamente. Al fin, no pudo
resistir más, aquello era demasiado hermoso.
Bajó quedita de su cama, se dirigió a la puerta y
miró al interior de la habitación. ¡Dios santo, y
qué maravillas se veían!

La Vieja Losa sepulcral

En una pequeña ciudad, toda una familia se
hallaba reunida, un atardecer de la estación en
que se dice que «las veladas se hacen más
largas», en casa del propietario de una granja.
El tiempo era todavía templado y tibio; habían
encendido la lámpara, las largas cortinas
colgaban delante de las ventanas, donde se
veían grandes macetas, y en el exterior brillaba
la luna; pero no hablaban de ella, sino de una
gran piedra situada en la era, al lado de la puerta
de la cocina, y sobre la cual las sirvientas solían
colocar la vajilla de cobre bruñida para que se
secase al sol, y donde los niños gustaban de
jugar. En realidad era una antigua losa
sepulcral.
– Sí -decía el propietario-, creo que procede de
la iglesia derruida del viejo convento.
Vendieron el púlpito, las estatuas y las losas
funerarias. Mi padre, que en gloria esté, compró
varias, que fueron cortadas en dos para
baldosas; pero ésta sobró, y ahí la dejaron en la
era.
– Bien se ve que es una losa sepulcral -dijo el
mayor de los niños-. Aún puede distinguirse en
ella un reloj de arena y un pedazo de un ángel;
pero la inscripción está casi borrada; sólo queda
el nombre de Preben y una S mayúscula detrás;
un poco más abajo se lee Marthe. Es cuanto
puede sacarse, y aún todo eso sólo se ve cuando
ha llovido y el agua ha lavado la piedra.
– ¡Dios mío, pero si es la losa de Preben Svane y
de su mujer! -exclamó un hombre muy viejo;
por su edad hubiera podido ser el abuelo de
todos los reunidos en la habitación-. Sí, aquel
matrimonio fue uno de los últimos que
recibieron sepultura en el cementerio del
antiguo convento. Era una respetable pareja de
mis años mozos. Todos los conocían y todos los
querían; eran la pareja más anciana de la
ciudad. Corría el rumor de que poseían más de
una tonelada de oro, y, no obstante, vestían con
gran sencillez, con prendas de las telas más
bastas, aunque siempre muy aseados. Formaban
una simpática pareja de viejos, Preben y su
Marta. Daba gusto verlos sentados en aquel
banco de la alta escalera de piedra de la casa,
bajo las ramas del viejo tilo, saludando y
gesticulando, con su expresión amable y
bondadosa. En caritativos no había quien les
ganara; daban de comer a los pobres y los
vestían, y ejercían su caridad con delicadeza y
verdadero espíritu cristiano. La mujer murió la
primera; recuerdo muy bien el día. Era yo un
chiquillo y estaba con mi padre en casa del
viejo Preben, cuando su esposa acababa de
fallecer; el pobre hombre estaba muy
emocionado, y lloraba como un niño. El
cadáver se hallaba aún en el dormitorio
contiguo; Preben habló a mi padre y a varios
vecinos de lo solo que iba a encontrarse en
adelante, de lo buena que ella había sido, de los
muchos años que habían vivido juntos y de
cómo se habían conocido y enamorado. Yo era
muy niño, como he dicho, me limitaba a
escuchar; pero me causó una enorme impresión
oír al viejo y ver como iba animándose poco a
poco y le volvían los colores a la cara al contar
sus días de noviazgo, y cuán bonita había sido
ella, y los inocentes ardides de que él se había
valido para verla. Y nos habló también del día
de la boda; sus ojos se iluminaron, y el buen
hombre revivió aquel tiempo feliz… y he aquí
que ahora yacía ella muerta en el aposento
contiguo, y él, viejo también, hablando del
tiempo de la esperanza… sí, así van las cosas.
Entonces era yo un niño, y hoy soy viejo, tan
viejo como Preben Svane. Pasa el tiempo y todo
cambia. Me acuerdo muy bien del entierro; el
viejo Preben seguía detrás del féretro. Pocos
años antes, el matrimonio había mandado
esculpir su losa sepulcral, con la inscripción y
los nombres, todo excepto el año de la muerte;
al atardecer transportaron la piedra y la
aplicaron sobre la tumba… para volver a
levantarla un año más tarde, cuando el viejo
Preben fue a reunirse con su esposa. No dejaron
el tesoro del que hablaba la gente; lo que quedó
fue para una familia que residía muy lejos y de
la que nadie sabía la menor cosa. La casa de
entramado de madera, con el banco en lo alto de
la escalera de piedra bajo el tilo, fue derribada
por orden de la autoridad; era demasiado vieja y
ruinosa para dejarla en pie. Más tarde, cuando la
iglesia conventual corrió la misma suerte, y fue
cerrado el cementerio, la losa sepulcral de
Preben y su Marta fue a parar, como todo lo
demás de allí, a manos de quien quiso
comprarlo, y ha querido el azar que esta piedra
no haya sido rota a pedazos y usada para
baldosa, sino que se ha quedado en la era, lugar
de juego para los niños, plataforma para la
vajilla fregada de las sirvientas. La carretera
empedrada pasa hoy por encima del lugar donde
descansan el viejo Preben y su mujer. ¿Quién se
acuerda ya de ellos? -. Y el anciano meneó la
cabeza melancólicamente-. ¡Olvidados! Todo se
olvida -concluyó.
Y entonces se empezó a hablar de otras cosas;
pero el muchachito, un niño de grandes ojos
serios, se había subido a una silla y miraba a la
era, donde la luna enviaba su blanca luz a la
vieja losa, aquella piedra que antes le pareciera
siempre vacía y lisa, pero que ahora yacía allí
como una hoja entera de un libro de Historia.
Todo lo que el muchacho acaba de oír acerca de
Preben y su mujer vivía en aquella losa; y él la
miraba, y luego levantaba los ojos hacia la clara
luna, colgada en el alto cielo purísimo; era
como si el rostro de Dios brillase sobre la
Tierra.
– ¡Olvidado! Todo se olvida -se oyó en el
cuarto, y en el mismo momento un ángel
invisible besó al niño en el pecho y en la frente
y le murmuró al oído: – ¡Guarda bien la semilla
que te han dado, guárdala hasta el día de su
maduración! Por ti, hijo mío, esta inscripción
borrada, esta losa desgastada por la intemperie,
resucitará en trazos de oro para las generaciones
venideras. El anciano matrimonio volverá a
recorrer, cogido del brazo, las viejas calles, y se
sentará de nuevo, sonriente y con rojas mejillas,
en la escalera bajo el tilo, saludando a ricos y
pobres. La semilla de esta hora germinará a lo
largo de los años, para transformarse en un
florido poema. Lo bueno y lo bello no cae en el
olvido; sigue viviendo en la leyenda y en la
canción.