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La Llave de la Casa

Todas las llaves tienen su historia, y ¡hay
tantas! Llaves de gentilhombre, llaves de reloj,
las llaves de San Pedro… Podríamos contar
cosas de todas, pero nos limitaremos a hacerlo
de la llave de la casa del señor Consejero.
Aunque salió de una cerrajería, cualquiera
hubiese creído que había venido de una
orfebrería, según estaba de limada y trabajada.
Siendo demasiado voluminosa para el bolsillo
del pantalón, había que llevarla en la de la
chaqueta, donde estaba a oscuras, aunque
también tenía su puesto fijo en la pared, al lado
de la silueta del Consejero cuando niño, que
parecía una albóndiga de asado de ternera.
Dícese que cada persona tiene en su carácter y
conducta algo del signo del zodíaco bajo el cual
nació: Toro, Virgen, Escorpión, o el nombre
que se le dé en el calendario. Pero la señora
Consejera afirmaba que su marido no había
nacido bajo ninguno de estos signos, sino bajo
el de la «carretilla», pues siempre había que
estar empujándolo.
Su padre lo empujó a un despacho, su madre lo
empujó al matrimonio, y su esposa lo condujo a
empujones hasta su cargo de Consejero de
cámara, aunque se guardó muy bien de decirlo;
era una mujer cabal y discreta, que sabía callar a
tiempo y hablar y empujar en el momento
oportuno.
El hombre era ya entrado en años, «bien
proporcionado», según decía él mismo, hombre
de erudición, buen corazón y con «inteligencia
de llave», término que aclararemos más
adelante. Siempre estaba de buen humor,
apreciaba a todos sus semejantes y gustaba de
hablar con ellos. Cuando iba a la ciudad,
costaba Dios y ayuda hacerle volver a casa, a
menos que su señora estuviese presente para
empujarlo. Tenía que pararse a hablar con cada
conocido que encontraba; y sus conocidos no
eran pocos, por lo que siempre se enfriaba la
comida.
La señora Consejera lo vigilaba desde la
ventana.
– ¡Ahí llega! -decía la criada-. Pon la sopa.
¡Vamos! Ahora se ha detenido a charlar con
uno. ¡Saca el puchero del fuego, que cocerá
demasiado! ¡ahora viene! ¡Vuelve la olla al
fuego! -. Pero no llegaba.
A veces ya estaba debajo mismo de la ventana y
había saludado a su mujer con un gesto de la
cabeza; pero acertaba a pasar un conocido y no
podía dejar de dirigirle unas palabras. Y si
luego sobrevenía un tercero, sujetaba al anterior
por el ojal, y al segundo lo cogía de la mano, al
propio tiempo que llamaba a otro que trataba de
escabullirse.
Era para poner a prueba la paciencia de la
Consejera.
– ¡Consejero, consejero! -exclamaba-. ¡Ay! Este
hombre nació bajo el signo de la carretilla; no
se mueve del sitio, como no le empujen.
Era muy aficionado a entrar en las librerías y
ojear libros y revistas. Pagaba un pequeño
honorario a su librero a cambio de poderse
llevar a casa los libros de nueva publicación. Se
le permitía cortar las hojas en sentido
longitudinal, mas no en el transversal, pues no
hubieran podido venderse como nuevos. Era, en
todos los aspectos, un periódico viviente, pues
estaba enterado de noviazgos, bodas, entierros,
críticas literarias y comadrerías ciudadanas, y
solía hacer misteriosas alusiones a cosas que
todo el mundo ignoraba. Las sabía por la llave
de la casa.
Desde sus tiempos de recién casados, los
Consejeros vivían en casa propia, y desde
entonces tenían la misma llave. Lo que no
conocían aún eran sus maravillosas virtudes;
éstas no las descubrieron hasta más tarde.
Reinaba a la sazón Federico VI. En Copenhague
no había aún ni gas ni faroles de aceite, como
no existían tampoco el Tivoli ni el Casino, ni
tranvías, ni ferrocarriles. Había pocas
diversiones, en comparación con las de hoy.
Los domingos era costumbre dar un paseo hasta
la puerta del cementerio. Allí, la gente leía las
inscripciones funerarias, se sentaba en la hierba,
merendaba y echaba un traguito. O bien se
llegaba hasta Friedrichsberg, a escuchar la
banda militar que tocaba frente a palacio, y
donde se congregaba mucho público para ver a
la familia real remando en los estrechos canales,
con el Rey al timón y la Reina saludando desde
la barca a todos los ciudadanos sin distinción de
clases. Las familias acomodadas de la capital
iban allí a tomar el té vespertino. En una casita
de campo situada delante del parque les
suministraban agua hirviendo, pero la tetera
debían traérsela ellos.
Allí se dirigieron los Consejeros una soleada
tarde de domingo; la criada los precedía con la
tetera, un cesto con la comida y la botella de
aguardiente de Spendrup.
– Coge la llave de la calle -dijo la Consejera-, no
sea que a la vuelta no podamos entrar en casa.
Ya sabes que cierran al oscurecer, y que esta
mañana se rompió el cordón de la campanilla.
Volveremos tarde. A la vuelta de
Frederichsberg tenemos que ir a Vesterbro, a
ver la pantomima de «Arlequín» en el teatro
Casortis. Los personajes bajan en una nube.
Cuesta dos marcos la entrada.
Y fueron a Frederichsberg, oyeron la música,
vieron la lancha real con la bandera ondeante, y
vieron también al anciano monarca y los cisnes
blancos. Después de una buena merienda se
dirigieron al teatro, pero llegaron tarde.
Los números de baile habían terminado, y
empezado la pantomima. Como de costumbre,
llegaron tarde por culpa del Consejero, que se
había detenido cincuenta veces en el camino a
charlar con un conocido y otro. En el teatro
encontróse también con buenos amigos, y
cuando terminó la función hubo que acompañar
a una familia al «puente» a tomar un vaso de
ponche; era inexcusable, y sólo tardarían diez
minutos; pero estos diez minutos se convirtieron
en una hora; la charla era inagotable. De
particular interés resultó un barón sueco, o tal
vez alemán, el Consejero no lo sabía a punto
fijo; en cambio, retuvo muy bien el truco de la
llave que aquél le enseñó, y que ya nunca más
olvidaría. ¡Fue la mar de interesante! Consistía
en obligar a la llave a responder a cuanto se le
preguntara, aun lo más recóndito.
La llave del Consejero se prestaba de modo
particular a la experiencia, pues tenía el paletón
pesado. El barón pasaba el índice por ,el ojo de
la llave y dejaba a ésta colgando; cada pulsación
de la punta del dedo la ponía en movimiento,
haciéndole dar un giro, y si no lo hacía, el barón
se las apañaba para hacerle dar vueltas
disimuladamente a su voluntad.
Cada giro era una letra, empezando desde la A y
llegando hasta la que se quisiera, según el orden
alfabético. Una vez obtenida la primera letra, la
llave giraba en sentido opuesto; buscábase
entonces la letra siguiente, y así hasta obtener,
con palabras y frases enteras, la respuesta a la
pregunta. Todo era pura charlatanería, pero
resultaba divertido. Este fue el primer
pensamiento del Consejero, pero luego se dejó
sugestionar por el juego.
– ¡Vamos, vamos! -exclamó, al fin, la
Consejera-. A las doce cierran la puerta de
Poniente. No llegaremos a tiempo, sólo nos
queda un cuarto de hora. ¡Ya podemos correr!
Tenían que darse prisa. Varias personas que se
dirigían a la ciudad se les adelantaron.
Finalmente, cuando estaban ya muy cerca de la
caseta del vigilante, dieron las doce y se cerró la
puerta, dejando a mucha gente fuera, entre ella a
los Consejeros con la criada, la tetera y la
canasta vacía. Algunos estaban asustados, otros
indignados, cada cual se lo tomaba a su manera.
¿Qué hacer?
Por fortuna, desde hacía algún tiempo se había
dado orden de dejar abierta una de las puertas:
la del Norte. Por ella podían entrar los peatones
en la ciudad, atravesando la caseta del guarda.
El camino no era corto, pero la noche era
hermosa, con un cielo sereno y estrellado,
cruzado de vez en cuando por estrellas fugaces.
Croaban las ranas en los fosos y en el pantano.
La gente iba cantando, una canción tras otra,
pero el Consejero no cantaba ni miraba las
estrellas, y como tampoco miraba donde ponía
los pies, se cayó, cuan largo era, sobre el borde
del foso. Cualquiera habría dicho que había
bebido demasiado, mas lo que se le había
subido a la cabeza no era el ponche, sino la
llave.
Finalmente, llegaron a la puerta Norte, y por la
caseta del guarda entraron en la ciudad.
– ¡Ahora ya estoy tranquila! -dijo la Consejera-.
Estamos en la puerta de casa.
– Pero, ¿dónde está la llave? -exclamó el
Consejero. No la tenía ni en el bolsillo trasero ni
el lateral.
– ¡Dios nos ampare! -dijo la Consejera-. ¿No
tienes la llave? La habrás perdido en tus juegos
de manos con el barón. ¿Cómo entraremos
ahora? El cordón de la campanilla se rompió
esta mañana, como sabes, y el vigilante no tiene
llave de la casa. ¡Es para desesperarse!
La criada se puso a chillar. El Consejero era el
único que no perdía la calma.
– Hay que romper un vidrio de la droguería –
dijo-. Despertaremos al tendero y entraremos
por su tienda. Me parece que será lo mejor.
Rompió un cristal, rompió otro, y gritando:
«¡Petersen!», metió por el hueco el mango del
paraguas. Del interior llegó la voz de la hija del
droguero, el cual abrió la puerta de la tienda,
gritando: «¡Vigilante!», y antes de que hubiese
tenido tiempo de ver y reconocer a la familia
consejeril y de abrirle la puerta, silbó el
vigilante, y de la calle contigua le respondió su
compañero con otro silbido. Empezó a
asomarse gente a las ventanas:
– ¿Dónde está el fuego? ¿Qué es ese ruido? -se
preguntaban mutuamente, y seguían
preguntándoselo todavía cuando ya el
Consejero estaba en su piso, se quitaba la
chaqueta y… aparecía la llave; no en el bolsillo,
sino en el forro; se había metido por un agujero
que, desde luego, no debiera de estar allí.
Desde aquella noche, la llave de la calle
adquirió una particular importancia, no sólo
cuando se salía, sino también cuando la familia
se quedaba en casa, pues el Consejero, en una
exhibición de sus habilidades, formulaba
preguntas a la llave y recibía sus respuestas.
Pensaba él antes la respuesta más verosímil y la
hacía dar a la llave. Al fin, él mismo acabó por
creer en las contestaciones, muy al contrario del
boticario, un joven próximo pariente de la
Consejera.
Dicho boticario era una buena cabeza, lo que
podríamos llamar una cabeza analítica. Ya de
niño había escrito críticas sobre libros y obras
de teatro, aunque guardando el anonimato,
como hacen tantos. No creía en absoluto en los
espíritus, y mucho menos en los de las llaves.
– Verá usted, respetado señor Consejero -decía-:
creo en la llave y en los espíritus de las llaves
en general, tan firmemente como en esta nueva
ciencia que empieza a difundirse, en el velador
giratorio y en los espíritus de los muebles viejos
y nuevos. ¿Ha oído, hablar de ello? Yo sí. He
dudado, ¿sabe usted?, pues soy algo escéptico;
pero me convertí al leer una horripilante historia
en una prestigiosa revista extranjera. ¡Imagínese
señor Consejero! Voy a relatárselo todo, tal
como lo leí. Dos muchachos muy listos vieron
cómo sus padres evocaban el espíritu de una
gran mesa del comedor. Estaban solos e
intentaron infundir vida a una vieja cómoda,
imitando a sus padres. Y, en efecto, brotó la
vida, despertóse el espíritu, pero no toleraba
órdenes dadas por niños. Levantóse con tanta
furia, que todo la cómoda crujía; abrió todos los
cajones, y con las patas -las patas de la cómodametió
a un chiquillo en cada cajón, echando
luego a correr con ellos escaleras abajo y por la
calle, hasta el canal, en el que se precipitó; los
pequeños murieron ahogados. Los cadáveres
recibieron sepultura en tierra cristiana, pero la
cómoda fue conducida ante el tribunal, acusada
de infanticidio y condenada a ser quemada viva
en la plaza pública. ¡Así lo he leído! – dijo el
boticario -. Lo he leído en una revista
extranjera, conste que no me lo he inventado.
¡Que la llave me lleve, si no digo verdad! ¡Lo
juro por ella!
El Consejero consideró que se trataba de una
broma demasiado grosera. Jamás los dos
pudieron ponerse de acuerdo en materia de
llaves; el boticario era cerrado a ellas.

La Familia Feliz

La hoja verde más grande de nuestra tierra es
seguramente la del lampazo. Si te la pones
delante de la barriga, parece todo un delantal, y
si en tiempo lluvioso te la colocas sobre la
cabeza, es casi tan útil como un paraguas; ya
ves si es enorme. Un lampazo nunca crece solo.
Donde hay uno, seguro que hay muchos más. Es
un goce para los ojos, y toda esta magnificencia
es pasto de los caracoles, los grandes caracoles
blancos, que en tiempos pasados, la gente
distinguida hacía cocer en estofado y, al
comérselos, exclamaba: «¡Ajá, qué bien sabe!»,
persuadida de que realmente era apetitoso; pues,
como digo, aquellos caracoles se nutrían de
hojas de lampazo, y por eso se sembraba la
planta.
Pues bien, había una vieja casa solariega en la
que ya no se comían caracoles.
Estos animales se habían extinguido, aunque no
los lampazos, que crecían en todos los caminos
y bancales; una verdadera invasión. Era un
auténtico bosque de lampazos, con algún que
otro manzano o ciruelo; por lo demás, nadie
habría podido suponer que aquello había sido
antaño un jardín. Todo eran lampazos, y entre
ellos vivían los dos últimos y matusalémicos
caracoles.
Ni ellos mismos sabían lo viejos que eran, pero
se acordaban perfectamente de que habían sido
muchos más, de que descendían de una familia
oriunda de países extranjeros, y de que todo
aquel bosque había sido plantado para ellos y
los suyos. Nunca habían salido de sus lindes,
pero no ignoraban que más allá había otras
cosas en el mundo, una, sobre todo, que se
llamaba la «casa señorial», donde ellos eran
cocidos y, vueltos de color negro, colocados en
una fuente de plata; pero no tenían idea de lo
que ocurría después. Por otra parte, no podían
imaginarse qué impresión debía causar el ser
cocido y colocado en una fuente de plata; pero
seguramente sería delicioso, y distinguido por
demás. Ni los abejorros, ni los sapos, ni la
lombriz de tierra, a quienes habían preguntado,
pudieron informarles; ninguno había sido
cocido ni puesto en una fuente de plata.
Los viejos caracoles blancos eran los más
nobles del mundo, de eso sí estaban seguros. El
bosque estaba allí para ellos, y la casa señorial,
para que pudieran ser cocidos y depositados en
una fuente de plata.
Vivían muy solos y felices, y como no tenían
descendencia, habían adoptado un caracolillo
ordinario, al que educaban como si hubiese sido
su propio hijo; pero el pequeño no crecía, pues
no pasaba de ser un caracol ordinario. Los
viejos, particularmente la madre, la Madre
Caracola, creyó observar que se desarrollaba, y
pidió al padre que se fijara también; si no podía
verlo, al menos que palpara la pequeña cascara;
y él la palpó y vio que la madre tenía razón.
Un día se puso a llover fuertemente.
– Escucha el rampataplán de la lluvia sobre los
lampazos -dijo el viejo.
– Sí, y las gotas llegan hasta aquí -observó la
madre-. Bajan por el tallo. Verás cómo esto se
moja. Suerte que tenemos nuestra buena casa, y
que el pequeño tiene también la suya. Salta a la
vista que nos han tratado mejor que a todos los
restantes seres vivos; que somos los reyes de la
creación, en una palabra. Poseemos una casa
desde la hora en que nacemos, y para nuestro
uso exclusivo plantaron un bosque de lampazos.
Me gustaría saber hasta dónde se extiende, y
que hay ahí afuera.
– No hay nada fuera de aquí – respondió el padre
-. Mejor que esto no puede haber nada, y yo no
tengo nada que desear.
– Pues a mí -dijo la vieja- me gustaría llegarme
a la casa señorial, que me cocieran y me
pusieran en una fuente de plata. Todos nuestros
antepasados pasaron por ello y, créeme, debe de
ser algo excepcional.
– Tal vez la casa esté destruida -objetó el
caracol padre-, o quizás el bosque de lampazos
la ha cubierto, y los hombres no pueden salir.
Por lo demás, no corre prisa; tú siempre te
precipitas, y el pequeño sigue tu ejemplo. En
tres días se ha subido a lo alto del tallo;
realmente me da vértigo, cuando levanto la
cabeza para mirarlo.
– No seas tan regañón -dijo la madre-. El
chiquillo trepa con mucho cuidado, y estoy
segura de que aún nos dará muchas alegrías; al
fin y a la postre, no tenemos más que a él en la
vida. ¿Has pensado alguna vez en encontrarle
esposa? ¿No crees que si nos adentrásemos en
la selva de lampazos, tal vez encontraríamos a
alguno de nuestra especie?
– Seguramente habrá por allí caracoles negros –
dijo el viejo- caracoles negros sin cáscara; pero,
¡son tan ordinarios!, y, sin embargo, son
orgullosos. Pero podríamos encargarlo a las
hormigas, que siempre corren de un lado para
otro, como si tuviesen mucho que hacer.
Seguramente encontrarían una mujer para
nuestro pequeño.
– Yo conozco a la más hermosa de todas -dijo
una de las hormigas-, pero me temo que no haya
nada que hacer, pues se trata de una reina.
– ¿Y eso qué importa? -dijeron los viejos-.
¿Tiene una casa?
– ¡Tiene un palacio! -exclamó la hormiga-, un
bellísimo palacio hormiguero, con setecientos
corredores.
– Muchas gracias -dijo la madre-. Nuestro hijo
no va a ir a un nido de hormigas. Si no sabéis
otra cosa mejor, lo encargaremos a los
mosquitos blancos, que vuelan a mucho mayor
distancia, tanto si llueve como si hace sol, y
conocen el bosque de lampazos por dentro y por
fuera.
– ¡Tenemos esposa para él! -exclamaron los
mosquitos-. A cien pasos de hombre en un
zarzal, vive un caracolito con casa; es muy
pequeñín, pero tiene la edad suficiente para
casarse. Está a no más de cien pasos de hombre
de aquí.
– Muy bien, pues que venga -dijeron los viejos-.
Él posee un bosque de lampazos, y ella, sólo un
zarzal.
Y enviaron recado a la señorita caracola.
Invirtió ocho días en el viaje, pero ahí estuvo
precisamente la distinción; por ello pudo verse
que pertenecía a la especie apropiada.
Y se celebró la boda. Seis luciérnagas
alumbraron lo mejor que supieron; por lo
demás, todo discurrió sin alboroto, pues los
viejos no soportaban francachelas ni bullicio.
Pero Madre Caracola pronunció un hermoso
discurso; el padre no pudo hablar, por causa de
la emoción. Luego les dieron en herencia todo
el bosque de lampazos y dijeron lo que habían
dicho siempre, que era lo mejor del mundo, y
que si vivían honradamente y como Dios
manda, y se multiplicaban, ellos y sus hijos
entrarían algún día en la casa señorial, serían
cocidos hasta quedar negros y los pondrían en
una fuente de plata.
Terminado el discurso, los viejos se metieron en
sus casas, de las cuales no volvieron ya a salir;
se durmieron definitivamente. La joven pareja
reinó en el bosque y tuvo una numerosa
descendencia; pero nadie los coció ni los puso
en una fuente de plata, de lo cual dedujeron que
la mansión señorial se había hundido y que en
el mundo se había extinguido el género
humano; y como nadie los contradijo, la cosa
debía de ser verdad. La lluvia caía sólo para
ellos sobre las hojas de lampazo, con su
rampataplán, y el sol brillaba únicamente para
alumbrarles el bosque y fueron muy felices.
Toda la familia fue muy feliz, de veras.

El Caracol y el Rosal

Alrededor del jardín había un seto de avellanos,
y al otro lado del seto se extendía n los campos
y praderas donde pastaban las ovejas y las
vacas. Pero en el centro del jardín crecía un
rosal todo lleno de flores, y a su abrigo vivía un
caracol que llevaba todo un mundo dentro de su
caparazón, pues se llevaba a sí mismo.
-¡Paciencia! -decía el caracol-. Ya llegará mi
hora. Haré mucho más que dar rosas o
avellanas, muchísimo más que dar leche como
las vacas y las ovejas.
-Esperamos mucho de ti -dijo el rosal-. ¿Podría
saberse cuándo me enseñarás lo que eres capaz
de hacer?
-Me tomo mi tiempo -dijo el caracol-; ustedes
siempre están de prisa. No, así no se preparan
las sorpresas.
Un año más tarde el caracol se hallaba tomando
el sol casi en el mismo sitio que antes, mientras
el rosal se afanaba en echar capullos y mantener
la lozanía de sus rosas, siempre frescas, siempre
nuevas. El caracol sacó medio cuerpo afuera,
estiró sus cuernecillos y los encogió de nuevo.
-Nada ha cambiado -dijo-. No se advierte el más
insignificante progreso. El rosal sigue con sus
rosas, y eso es todo lo que hace.
Pasó el verano y vino el otoño, y el rosal
continuó dando capullos y rosas hasta que llegó
la nieve. El tiempo se hizo húmedo y hosco. El
rosal se inclinó hacia la tierra; el caracol se
escondió bajo el suelo.
Luego comenzó una nueva estación, y las rosas
salieron al aire y el caracol hizo lo mismo.
-Ahora ya eres un rosal viejo -dijo el caracol-.
Pronto tendrás que ir pensando en morirte. Ya
has dado al mundo cuanto tenías dentro de ti. Si
era o no de mucho valor, es cosa que no he
tenido tiempo de pensar con calma. Pero está
claro que no has hecho nada por tu desarrollo
interno, pues en ese caso tendrías frutos muy
distintos que ofrecernos. ¿Qué dices a esto?
Pronto no serás más que un palo seco… ¿Te das
cuenta de lo que quiero decirte?
-Me asustas -dijo el rosal-. Nunca he pensado
en ello.
-Claro, nunca te has molestado en pensar en
nada. ¿Te preguntaste alguna vez por qué
florecías y cómo florecías, por qué lo hacías de
esa manera y de no de otra?
-No -contestó el caracol-. Florecía de puro
contento, porque no podía evitarlo.
¡El sol era tan cálido, el aire tan refrescante!…
Me bebía el límpido rocío y la lluvia generosa;
respiraba, estaba vivo. De la tierra, allá abajo,
me subía la fuerza, que descendía también sobre
mí desde lo alto. Sentía una felicidad que era
siempre nueva, profunda siempre, y así tenía
que florecer sin remedio.
Tal era mi vida; no podía hacer otra cosa.
-Tu vida fue demasiado fácil -dijo el caracol.
-Cierto -dijo el rosal-. Me lo daban todo. Pero tú
tuviste más suerte aún. Tú eres una de esas
criaturas que piensan mucho, uno de esos seres
de gran inteligencia que se proponen asombrar
al mundo algún día.
-No, no, de ningún modo -dijo el caracol-. El
mundo no existe para mí. ¿Qué tengo yo que
ver con el mundo? Bastante es que me ocupe de
mí mismo y en mí mismo.
-¿Pero no deberíamos todos dar a los demás lo
mejor de nosotros, no deberíamos ofrecerles
cuanto pudiéramos? Es cierto que no te he dado
sino rosas; pero tú, en cambio, que posees
tantos dones, ¿qué has dado tú al mundo? ¿Qué
puedes darle?
-¿Darle? ¿Darle yo al mundo? Yo lo escupo.
¿Para qué sirve el mundo? No significa nada
para mí. Anda, sigue cultivando tus rosas; es
para lo único que sirves. Deja que los castaños
produzcan sus frutos, deja que las vacas y las
ovejas den su leche; cada uno tiene su público,
y yo también tengo el mío dentro de mí mismo.
¡Me recojo en mi interior, y en él voy a
quedarme! El mundo no me interesa.
Y con estas palabras, el caracol se metió dentro
de su casa y la selló.
-¡Qué pena! -dijo el rosal-. Yo no tengo modo
de esconderme, por mucho que lo intente.
Siempre he de volver otra vez, siempre he de
mostrarme otra vez en mis rosas. Sus pétalos
caen y los arrastra el viento, aunque cierta vez
vi cómo una madre guardaba una de mis flores
en su libro de oraciones, y cómo una bonita
muchacha se prendía otra al pecho, y cómo un
niño besaba otra en la primera alegría de su
vida. Aquello me hizo bien, fue una verdadera
bendición. Tales son mis recuerdos, mi vida.
Y el rosal continuó floreciendo en toda su
inocencia, mientras el caracol dormía allá
dentro de su casa. El mundo nada significaba
para él.
Y pasaron los años.
El caracol se había vuelto tierra en la tierra, y el
rosal tierra en la tierra, y la memorable rosa del
libro de oraciones había desaparecido… Pero en
el jardín brotaban los rosales nuevos, y los
nuevos caracoles se arrastraban dentro de sus
casas y escupían al mundo, que no significaba
nada para ellos.
¿Empezamos otra vez nuestra historia desde el
principio? No vale la pena; siempre sería la
misma.

El Nido de Cisnes

Entre los mares Báltico y del Norte hay un
antiguo nido de cisnes: se llama Dinamarca. En
él nacieron y siguen naciendo cisnes que jamás
morirán.
En tiempos remotos, una bandada de estas aves
voló, por encima de los Alpes, hasta las verdes
llanuras de Milán; aquella bandada de cisnes
recibió el nombre de longobardos.
Otra, de brillante plumaje y ojos que reflejaban
la lealtad, se dirigió a Bizancio, donde se sentó
en el trono imperial y extendió sus amplias alas
blancas a modo de escudo, para protegerlo.
Fueron los varingos.
En la costa de Francia resonó un grito de
espanto ante la presencia de los cisnes
sanguinarios, que llegaban con fuego bajo las
alas, y el pueblo rogaba:
– ¡Dios nos libre de los salvajes normandos!
Sobre el verde césped de Inglaterra se posó el
cisne danés, con triple corona real sobre la
cabeza y extendiendo sobre el país el cetro de
oro.
Los paganos de la costa de Pomerania hincaron
la rodilla, y los cisnes daneses llegaron con la
bandera de la cruz y la espada desnuda.
– Todo eso ocurrió en épocas remotísimas –
dirás.
También en tiempos recientes se han visto volar
del nido cisnes poderosos.
Hízose luz en el aire, hízose luz sobre los
campos del mundo; con sus robustos aleteos, el
cisne disipó la niebla opaca, quedando visible el
cielo estrellado, como si se acercase a la Tierra.
Fue el cisne Tycho Brahe.
– Sí, en aquel tiempo – dices -. Pero, ¿y en
nuestros días?
Vimos un cisne tras otro en majestuoso vuelo.
Uno pulsó con sus alas las cuerdas del arpa de
oro, y las notas resonaron en todo el Norte; las
rocas de Noruega se levantaron más altas,
iluminadas por el sol de la Historia. Oyóse un
murmullo entre los abetos y los abedules; los
dioses nórdicos, sus héroes y sus nobles
matronas, se destacaron sobre el verde oscuro
del bosque.
Vimos un cisne que batía las alas contra la peña
marmórea, con tal fuerza que la quebró, y las
espléndidas figuras encerradas en la piedra
avanzaron hasta quedar inundadas de luz
resplandeciente, y los hombres de las tierras
circundantes levantaron la cabeza para
contemplar las portentosas estatuas.
Vimos un tercer cisne que hilaba la hebra del
pensamiento, el cual da ahora la vuelta al
mundo de país en país, y su palabra vuela con la
rapidez del rayo.
Dios Nuestro Señor ama al viejo nido de cisnes
construido entre los mares Báltico y Norte.
Dejad si no que otras aves prepotentes se
acerquen por los aires con propósito de
destruirlo. ¡No lo lograrán jamás! Hasta las
crías implumes se colocan en circulo en el
borde del nido; bien lo hemos visto. Recibirán
los embates en pleno pecho, del que manará la
sangre; mas ellos se defenderán con el pico y
con las garras.
Pasarán aún siglos, otros cisnes saldrán del
nido, que serán vistos y oídos en toda la
redondez del Globo, antes de que llegue la hora
en que pueda decirse en verdad:
– Es el último de los cisnes, el último
canto que sale de su nido.