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Historia de una Madre

Estaba una madre sentada junto a la cuna de su
hijito, muy afligida y angustiada, pues temía
que el pequeño se muriera. Éste, en efecto,
estaba pálido como la cera, tenía los ojitos
medio cerrados y respiraba casi
imperceptiblemente, de vez en cuando con una
aspiración profunda, como un suspiro. La
tristeza de la madre aumentaba por momentos al
contemplar a la tierna criatura.
Llamaron a la puerta y entró un hombre viejo y
pobre, envuelto en un holgado cobertor, que
parecía una manta de caballo; son mantas que
calientan, pero él estaba helado. Se estaba en lo
más crudo del invierno; en la calle todo aparecía
cubierto de hielo y nieve, y soplaba un viento
cortante.
Como el viejo tiritaba de frío y el niño se había
quedado dormido, la madre se levantó y puso a
calentar cerveza en un bote, sobre la estufa, para
reanimar al anciano. Éste se había sentado junto
a la cuna, y mecía al niño. La madre volvió a su
lado y se estuvo contemplando al pequeño, que
respiraba fatigosamente y levantaba la manita.
– ¿Crees que vivirá? -preguntó la madre-. ¡El
buen Dios no querrá quitármelo!
El viejo, que era la Muerte en persona, hizo un
gesto extraño con la cabeza; lo mismo podía ser
afirmativo que negativo. La mujer bajó los ojos,
y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Tenía la
cabeza pesada, llevaba tres noches sin dormir y
se quedó un momento como aletargada; pero
volvió en seguida en sí, temblando de frío.
– ¿Qué es esto? -gritó, mirando en todas
direcciones. El viejo se había marchado, y la
cuna estaba vacía. ¡Se había llevado al niño! El
reloj del rincón dejó oír un ruido sordo, la gran
pesa de plomo cayó rechinando hasta el suelo,
¡paf!, y las agujas se detuvieron.
La desolada madre salió corriendo a la calle, en
busca del hijo. En medio de la nieve había una
mujer, vestida con un largo ropaje negro, que le
dijo:
– La Muerte estuvo en tu casa; lo sé, pues la vi
escapar con tu hijito. Volaba como el viento.
¡Jamás devuelve lo que se lleva!
– ¡Dime por dónde se fue! -suplicó la madre-.
¡Enséñame el camino y la alcanzaré!
– Conozco el camino -respondió la mujer
vestida de negro pero antes de decírtelo tienes
que cantarme todas las canciones con que
meciste a tu pequeño. Me gustan, las oí muchas
veces, pues soy la Noche. He visto correr tus
lágrimas mientras cantabas.
– ¡Te las cantaré todas, todas! -dijo la madre-,
pero no me detengas, para que pueda alcanzarla
y encontrar a mi hijo.
Pero la Noche permaneció muda e inmóvil, y la
madre, retorciéndose las manos, cantó y lloró; y
fueron muchas las canciones, pero fueron aún
más las lágrimas. Entonces dijo la Noche:
– Ve hacia la derecha, por el tenebroso bosque
de abetos. En él vi desaparecer a la Muerte con
el niño.
Muy adentro del bosque se bifurcaba el camino,
y la mujer no sabía por dónde tomar.
Levantábase allí un zarzal, sin hojas ni flores,
pues era invierno, y las ramas estaban cubiertas
de nieve y hielo.
– ¿No has visto pasar a la Muerte con mi hijito?
– Sí -respondió el zarzal- pero no te diré el
camino que tomó si antes no me calientas
apretándome contra tu pecho; me muero de frío,
y mis ramas están heladas.
Y ella estrechó el zarzal contra su pecho,
apretándolo para calentarlo bien; y las espinas
se le clavaron en la carne, y la sangre le fluyó a
grandes gotas. Pero del zarzal brotaron frescas
hojas y bellas flores en la noche invernal: ¡tal
era el ardor con que la acongojada madre lo
había estrechado contra su corazón! Y la planta
le indicó el camino que debía seguir.
Llegó a un gran lago, en el que no se veía
ninguna embarcación. No estaba bastante
helado para sostener su peso, ni era tampoco
bastante somero para poder vadearlo; y, sin
embargo, no tenía más remedio que cruzarlo si
quería encontrar a su hijo. Echóse entonces al
suelo, dispuesta a beberse toda el agua; pero
¡qué criatura humana sería capaz de ello! Mas la
angustiada madre no perdía la esperanza de que
sucediera un milagro.
– ¡No, no lo conseguirás! -dijo el lago-. Mejor
será que hagamos un trato. Soy aficionado a
coleccionar perlas, y tus ojos son las dos perlas
más puras que jamás he visto. Si estás dispuesta
a desprenderte de ellos a fuerza de llanto, te
conduciré al gran invernadero donde reside la
Muerte, cuidando flores y árboles; cada uno de
ellos es una vida humana.
– ¡Ay, qué no diera yo por llegar a donde está
mi hijo! -exclamó la pobre madre-, y se echó a
llorar con más desconsuelo aún, y sus ojos se le
desprendieron y cayeron al fondo del lago,
donde quedaron convertidos en preciosísimas
perlas. El lago la levantó como en un columpio
y de un solo impulso la situó en la orilla
opuesta. Se levantaba allí un gran edificio, cuya
fachada tenía más de una milla de largo. No
podía distinguirse bien si era una montaña con
sus bosques y cuevas, o si era obra de
albañilería; y menos lo podía averiguar la pobre
madre, que había perdido los ojos a fuerza de
llorar.
– ¿Dónde encontraré a la Muerte, que se marchó
con mi hijito? -preguntó.
– No ha llegado todavía -dijo la vieja sepulturera
que cuida del gran invernadero de la Muerte-.
¿Quién te ha ayudado a encontrar este lugar?
– El buen Dios me ha ayudado -dijo la madre-.
Es misericordioso, y tú lo serás también.
¿Dónde puedo encontrar a mi hijo?
– Lo ignoro -replicó la mujer-, y veo que eres
ciega. Esta noche se han marchitado muchos
árboles y flores; no tardará en venir la Muerte a
trasplantarlos. Ya sabrás que cada persona tiene
su propio árbol de la vida o su flor, según su
naturaleza. Parecen plantas corrientes, pero en
ellas palpita un corazón; el corazón de un niño
puede también latir. Atiende, tal vez reconozcas
el latido de tu hijo, pero, ¿qué me darás si te
digo lo que debes hacer todavía?
– Nada me queda para darte -dijo la afligida
madre pero iré por ti hasta el fin del mundo.
– Nada hay allí que me interese -respondió la
mujer pero puedes cederme tu larga cabellera
negra; bien sabes que es hermosa, y me gusta. A
cambio te daré yo la mía, que es blanca, pero
también te servirá.
– ¿Nada más? -dijo la madre-. Tómala
enhorabuena -. Dio a la vieja su hermoso
cabello, y se quedó con el suyo, blanco como la
nieve.
Entraron entonces en el gran invernadero de la
Muerte, donde crecían árboles y flores en
maravillosa mezcolanza. Había preciosos,
jacintos bajo campanas de cristal, y grandes
peonías fuertes como árboles; y había también
plantas acuáticas, algunas lozanas, otras
enfermizas. Serpientes de agua las rodeaban, y
cangrejos negros se agarraban a sus tallos.
Crecían soberbias palmeras, robles y plátanos, y
no faltaba el perejil ni tampoco el tomillo; cada
árbol y cada flor tenia su nombre, cada uno era
una vida humana; la persona vivía aún: éste en
la China, éste en Groenlandia o en cualquier
otra parte del mundo. Había grandes árboles
plantados en macetas tan pequeñas y angostas,
que parecían a punto de estallar; en cambio,
veíanse míseras florecillas emergiendo de una
tierra grasa, cubierta de musgo todo alrededor.
La desolada madre fue inclinándose sobre las
plantas más diminutas, oyendo el latido del
corazón humano que había en cada una; y entre
millones reconoció el de su hijo.
– ¡Es éste! -exclamó, alargando la mano hacia
una pequeña flor azul de azafrán que colgaba de
un lado, gravemente enferma.
– ¡No toques la flor! -dijo la vieja-. Quédate
aquí, y cuando la Muerte llegue, pues la estoy
esperando de un momento a otro, no dejes que
arranque la planta; amenázala con hacer tú lo
mismo con otras y entonces tendrá miedo. Es
responsable de ellas, ante Dios; sin su permiso
no debe arrancarse ninguna.
De pronto sintióse en el recinto un frío glacial, y
la madre ciega comprendió que entraba la
Muerte.
– ¿Cómo encontraste el camino hasta aquí? –
preguntó.- ¿Cómo pudiste llegar antes que yo?
– ¡Soy madre! -respondió ella.
La Muerte alargó su mano huesuda hacia la flor
de azafrán, pero la mujer interpuso las suyas
con gran firmeza, aunque temerosa de tocar una
de sus hojas. La Muerte sopló sobre sus manos
y ella sintió que su soplo era más frío que el del
viento polar. Y sus manos cedieron y cayeron
inertes.
– ¡Nada podrás contra mí! -dijo la Muerte.
– ¡Pero sí lo puede el buen Dios! -respondió la
mujer.
– ¡Yo hago sólo su voluntad! -replicó la Muerte-
. Soy su jardinero. Tomo todos sus árboles y
flores y los trasplanto al jardín del Paraíso, en la
tierra desconocida; y tú no sabes cómo es y lo
que en el jardín ocurre, ni yo puedo decírtelo.
– ¡Devuélveme mi hijo! -rogó la madre,
prorrumpiendo en llanto. Bruscamente puso las
manos sobre dos hermosas flores, y gritó a la
Muerte:
– ¡Las arrancaré todas, pues estoy desesperada!
– ¡No las toques! -exclamó la Muerte-. Dices
que eres desgraciada, y pretendes hacer a otra
madre tan desdichada como tú.
– ¡Otra madre! -dijo la pobre mujer, soltando las
flores-. ¿Quién es esa madre?
– Ahí tienes tus ojos -dijo la Muerte-, los he
sacado del lago; ¡brillaban tanto! No sabía que
eran los tuyos. Tómalos, son más claros que
antes. Mira luego en el profundo pozo que está
a tu lado; te diré los nombres de las dos flores
que querías arrancar y verás todo su porvenir,
todo el curso de su vida. Mira lo que estuviste a
punto de destruir.
Miró ella al fondo del pozo; y era una delicia
ver cómo una de las flores era una bendición
para el mundo, ver cuánta felicidad y ventura
esparcía a su alrededor.
La vida de la otra era, en cambio, tristeza y
miseria, dolor y privaciones.
– Las dos son lo que Dios ha dispuesto -dijo la
Muerte.
– ¿Cuál es la flor de la desgracia y cuál la de la
ventura? -preguntó la madre.
– Esto no te lo diré -contestó la Muerte-. Sólo
sabrás que una de ellas era la de tu hijo. Has
visto el destino que estaba reservado a tu propio
hijo, su porvenir en el mundo.
La madre lanzó un grito de horror: – ¿Cuál de
las dos era mi hijo? ¡Dímelo, sácame de la
incertidumbre! Pero si es el desgraciado, líbralo
de la miseria, llévaselo antes. ¡Llévatelo al reino
de Dios! ¡Olvídate de mis lágrimas, olvídate de
mis súplicas y de todo lo que dije e hice!
– No te comprendo -dijo la Muerte-. ¿Quieres
que te devuelva a tu hijo o prefieres que me
vaya con él adonde ignoras lo que pasa?
La madre, retorciendo las manos, cayó de
rodillas y elevó esta plegaria a Dios Nuestro
Señor:
– ¡No me escuches cuando te pida algo que va
contra Tu voluntad, que es la más sabia! ¡No me
escuches! ¡No me escuches!
Y dejó caer la cabeza sobre el pecho, mientras
la Muerte se alejaba con el niño, hacia el mundo
desconocido.

El Lino

El lino estaba florido. Tenía hermosas flores
azules, delicadas como las alas de una polilla, y
aún mucho más finas. El sol acariciaba las
plantas con sus rayos, y las nubes las regaban
con su lluvia, y todo ello le gustaba al lino
como a los niños pequeños cuando su madre los
lava y les da un beso por añadidura. Son
entonces mucho más hermosos, y lo mismo
sucedía con el lino.
– Dice la gente que me sostengo
admirablemente -dijo el lino- y que me alargo
muchísimo; tanto, que hacen conmigo una
magnífica pieza de tela. ¡Qué feliz soy! Sin
duda soy el más feliz del mundo. Vivo con
desahogo y tengo porvenir. ¡Cómo vivifica el
sol, y cómo gusta y refresca la lluvia! Mi dicha
es completa. Soy el ser más feliz del mundo
entero.
– ¡Sí, sí, sí! -dijeron las estacas de la valla-, tú
no conoces el mundo, pero lo que es nosotras,
nosotras tenemos nudos -y crujían
lamentablemente:
Ronca que ronca carraca,
ronca con tesón.
Se terminó la canción.
– No, no se terminó -dijo el lino-. El sol luce por
la mañana, la lluvia reanima. Oigo cómo crezco
y siento cómo florezco. ¡Soy dichoso, dichoso,
más que ningún otro!
Pero un día vinieron gentes que, agarrando al
lino por el copete, lo arrancaron de raíz,
operación que le dolió. Lo pusieron luego al
agua como para ahogarlo, y a continuación
sobre el fuego, como para asarlo. ¡Horrible!
«No siempre pueden marchar bien las cosas –
suspiró el lino.- Hay que sufrir un poco, así se
aprende».
Pero las cosas se pusieron cada vez peor. El lino
fue partido y roto, secado y peinado. Él ya no
sabía qué pensar de todo aquello. Luego fue a
parar a la rueca, ¡y ronca que ronca! No había
manera de concentrar las ideas.
«¡He sido enormemente feliz! -pensaba en
medio de sus fatigas-. Hay que alegrarse de las
cosas buenas de que se ha gozado. ¡Alegría,
alegría, vamos!» -. Así gritaba aún, cuando
llegó al telar, donde se transformó en una
magnífica pieza de tela. Todas las plantas de
lino entraron en una pieza.
– ¡Pero esto es extraordinario! Jamás lo hubiera
creído. Sí, la fortuna me sigue sonriendo, a
pesar de todo. Las estacas sabían bien lo que se
decían con su
Ronca que ronca, carraca,
ronca con tesón.
La canción no ha terminado aún, ni mucho
menos. No ha hecho más que empezar. ¡Es
magnífico! Sí, he sufrido, pero en cambio de mí
ha salido algo; soy el más feliz del mundo. Soy
fuerte y suave, blanco y largo. ¡Qué distinto a
ser sólo una planta, incluso dando flores! Nadie
te cuida, y sólo recibes agua cuando llueve.
Ahora hay quien me atiende: la muchacha me
da la vuelta cada mañana, y al anochecer me
riega con la regadera. La propia señora del
Pastor ha pronunciado un discurso sobre mí,
diciendo que soy el lino mejor de la parroquia.
No puede haber una dicha más completa.
Llegó la tela a casa y cayó en manos de las
tijeras. ¡Cómo la cortaban, y qué manera de
punzarla con la aguja! ¡Verdaderamente no
daba ningún gusto! Pero de la tela salieron doce
prendas de ropa blanca, de aquellas que es
incorrecto nombrar, pero que necesitan todas las
personas. ¡Nada menos que doce prendas!
– ¡Mirad! ¡Ahora sí que de mí ha salido algo!
Éste era, pues, mi destino. Es espléndido; ahora
presto un servicio al mundo, y así es como debe
ser; esto da gusto de verdad. Nos hemos
convertido en doce, y, sin embargo, seguimos
siendo uno y el mismo, somos una docena. ¡Qué
sorpresas tiene la suerte!
Pasaron años, ya no podían seguir sirviendo.
– Algún día tendrá que venir el final -decía cada
prenda-. Bien me habría gustado durar más
tiempo, pero no hay que pedir imposibles.
Fueron cortadas a trozos y convertidas en
trapos, por lo que creyeron que estaban listos
definitivamente, pues los descuartizaron,
estrujaron y cocieron (¡qué sé yo lo que hicieron
con ellos!), y he aquí que quedaron
transformados en un hermoso papel blanco.
– ¡Caramba, vaya sorpresa! ¡Y sorpresa
agradable además! -dijo el papel-. Soy ahora
más fino que antes, y escribirán en mí. ¡Las
cosas que van a escribir! Ésta sí que es una
suerte fabulosa -. Y, en efecto, escribieron en él
historias maravillosas, y la gente escuchaba
embobada su lectura, pues eran narraciones de
la mejor índole, de las que hacen a los hombres
mejores y más sabios de lo que fueran antes; era
una verdadera bendición lo que decían aquellas
palabras escritas.
– Esto es más de cuanto había soñado mientras
era una florecita del campo. ¡Cómo podía
ocurrírseme que un día iba a llevar la alegría y
el saber a los hombres! ¡Aún ahora no acierto a
comprenderlo! Y, no obstante, es verdad. Dios
Nuestro Señor sabe que nada he hecho por mí
mismo, nada más que lo que caía dentro de mis
humildes posibilidades. Y, con todo, me depara
gozo tras gozo. Cada vez que pienso: «¡Se
terminó la canción!», me encuentro elevado a
una condición mejor y más alta. Seguramente
me enviarán ahora a viajar por el mundo entero,
para que todos los hombres me lean. Es lo más
probable. Antes daba flores azules; ahora, en
lugar de flores, tengo los más bellos
pensamientos. ¡Soy el más feliz del mundo!
Pero el papel no salió de viaje, sino que fue
enviado a la imprenta, donde todo lo que tenía
escrito se imprimió para confeccionar un libro,
o, mejor dicho, muchos centenares de libros;
pues de esta manera un número infinito de
personas podrían extraer de ellos mucho más
placer y provecho que si el único papel original
hubiese recorrido todo el Globo, con la
seguridad de que a mitad de camino habría
quedado ya inservible.
«Sí, esto es indudablemente lo más satisfactorio
de todo -pensó el papel escrito-. No se me había
ocurrido. Me quedo en casa y me tratan con
todos los honores, como si fuese el abuelo. Y
han escrito sobre mí; justamente sobre mí
fluyeron las palabras salidas de la pluma. Yo
me quedo, y los libros se marchan. Ahora puede
hacerse algo positivo. ¡Qué contento estoy, y
qué feliz me siento!».
Después envolvieron el papel, formando un
paquetito, y lo pusieron en un cajón.
– Cumplida la misión, conviene descansar -dijo
el papel-. Es lógico y razonable recogerse y
reflexionar sobre lo que hay en uno. Hasta
ahora no supe lo que se encerraba en mí.
«Conócete a ti mismo», ahí está el progreso.
¿Qué vendrá después?. De seguro que algún
adelanto; ¡siempre adelante!
Un día echaron todo el papel a la chimenea,
pues iban a quemarlo en vez de venderlo al
tendero para envolver mantequilla y azúcar.
Habían acudido los chiquillos de la casa y
formaban círculo; querían verlo arder, y
contemplar las rojas chispas en el papel hecho
ceniza, aquellas chispas que parecían correr y
extinguirse una tras otra con gran rapidez – son
los niños que salen de la escuela, y la última
chispa es el maestro; a menudo cree uno que se
ha marchado ya, y resulta que vuelve a
presentarse por detrás.
Y todo el papel formaba un montón en el fuego.
¡Qué modo de echar llamas! «¡Uf!», dijo, y en
un santiamén estuvo convertido todo él en una
llama, que se elevó mucho más de lo que hiciera
jamás la florecita azul del lino, y brilló mucho
más también que la blanca tela de hilo. Todas
las letras escritas adquirieron instantáneamente
un tono rojo, y todas las palabras e ideas
quedaron convertidas en llamas.
– ¡Ahora subo en línea recta hacia el Sol! –
exclamó en el seno de la llama, y pareció como
si mil voces lo dijeran al unísono; y la llama se
elevó por la chimenea y salió al exterior. Más
sutiles que las llamas, invisibles del todo a los
humanos ojos, flotaban seres minúsculos,
iguales en número a las flores que había dado el
lino. Eran más ligeros aún que la llama que
hablan producido, y cuando ésta se extinguió,
quedando del papel solamente las negras
cenizas, siguieron ellos bailando todavía un
ratito, y allí donde tocaban dejaban sus huellas,
las chispas rojas. Los niños salían de la escuela,
y el maestro, el último de todos. Daba gozo
verlo; los niños de la casa, de pie, cantaban
junto a las cenizas apagadas:
Ronca que ronca, carraca,
ronca con tesón.
¡Se terminó la canción!
Pero los minúsculos seres invisibles decían a
coro:
– ¡La canción no ha terminado, y esto es lo más
hermoso de todo! Lo sé, y por eso soy el más
feliz del mundo.
Mas esto los niños no pueden oírlo ni
entenderlo, ni tienen por qué entenderlo, pues
los niños no necesitan saberlo todo.

Una Hoja de Cielo

A gran altura, en el aire límpido, volaba un
ángel que llevaba en la mano una flor del jardín
del Paraíso, y al darle un beso, de sus labios
cayó una minúscula hojita, que, al tocar el
suelo, en medio del bosque, arraigó en seguida
y dio nacimiento a una nueva planta, entre las
muchas que crecían en el lugar.
– ¡Qué hierba más ridícula! – dijeron aquéllas. Y
ninguna quería reconocerla, ni siquiera los
cardos y las ortigas.
– Debe de ser una planta de jardín – añadieron,
con una risa irónica, y siguieron burlándose de
la nueva vecina; pero ésta venga crecer y crecer,
dejando atrás a las otras, y venga extender sus
ramas en forma de zarcillos a su alrededor.
– ¿Adónde quieres ir? – preguntaron los altos
cardos, armados de espinas en todas sus hojas -.
Dejas las riendas demasiado sueltas, no es éste
el lugar apropiado. No estamos aquí para
aguantarte.
Llegó el invierno, y la nieve cubrió la planta;
pero ésta dio a la nívea capa un brillo
espléndido, como si por debajo la atravesara la
luz del sol. En primavera se había convertido en
una planta florida, la más hermosa del bosque.
Vino entonces el profesor de Botánica; su
profesión se adivinaba a la legua. Examinó la
planta, la probó, pero no figuraba en su manual;
no logró clasificarla.
– Es una especie híbrida – dijo -. No la conozco.
No entra en el sistema.
– ¡No entra en el sistema! – repitieron los cardos
y las ortigas. Los grandes árboles circundantes
miraban la escena sin decir palabra, ni buena ni
mala, lo cual es siempre lo más prudente
cuando se es tonto.
Acercóse en esto, bosque a través, una pobre
niña inocente; su corazón era puro, y su
entendimiento, grande, gracias a la fe; toda su
herencia acá en la Tierra se reducía a una vieja
Biblia, pero en sus hojas le hablaba la voz de
Dios: «Cuando los hombres se propongan
causarte algún daño, piensa en la historia de
José: pensaron mal en sus corazones, mas Dios
lo encaminó al bien. Si sufres injusticia, si eres
objeto de burlas y de sospechas, piensa en Él, el
más puro, el mejor, Aquél de quien se mofaron
y que, clavado en cruz, rogaba:
¡Padre, perdónalos, que no saben lo que
hacen!”».
La muchachita se detuvo delante de la
maravillosa planta, cuyas hojas verdes
exhalaban un aroma suave y refrescante, y
cuyas flores brillaban a los rayos del sol como
un castillo de fuegos artificiales, resonando
además cada una como si en ella se ocultase el
profundo manantial de las melodías, no agotado
en el curso de milenios. Con piadoso fervor
contempló la niña toda aquella magnificencia de
Dios; torció una rama para poder examinar
mejor las flores y aspirar su aroma, y se hizo luz
en su mente, al mismo tiempo que sentía un
gran bienestar en el corazón. Le habría gustado
cortar una flor, pero no se decidía a hacerlo,
pues se habría marchitado muy pronto; así, se
limitó a llevarse una de las verdes hojas que,
una vez en casa, guardó en su Biblia, donde se
conservó fresca, sin marchitarse nunca.
Quedó oculta entre las hojas de la Biblia; en ella
fue colocada debajo de la cabeza de la
muchachita cuando, pocas semanas más tarde,
yacía ésta en el ataúd, con la sagrada gravedad
de la muerte reflejándose en su rostro piadoso,
como si en el polvo terrenal se leyera que su
alma se hallaba en aquellos momentos ante
Dios.
Pero en el bosque seguía floreciendo la planta
maravillosa; era ya casi como un árbol, y todas
las aves migratorias se inclinaban ante ella,
especialmente la golondrina y la cigüeña.
– ¡Esto son artes del extranjero! – dijeron los
cardos y lampazos -. Los que somos de aquí no
sabríamos comportarnos de este modo.
Y los negros caracoles de bosque escupieron al
árbol.
Vino después el porquerizo a recoger cardos y
zarcillos para quemarlos y obtener ceniza. El
árbol maravilloso fue arrancado de raíz y
echado al montón con el resto:
– Que sirva para algo también – dijo, y así fue.
Mas he aquí que desde hacía mucho tiempo el
rey del país venía sufriendo de una hondísima
melancolía; era activo y trabajador, pero de
nada le servía; le leían obras de profundo
sentido filosófico y le leían, asimismo, las más
ligeras que cabía encontrar; todo era inútil. En
esto llegó un mensaje de uno de los hombres
más sabios del mundo, al cual se habían
dirigido. Su respuesta fue que existía un
remedio para curar y fortalecer al enfermo: «En
el propio reino del Monarca crece, en el bosque,
una planta de origen celeste; tiene tal y cual
aspecto, es imposible equivocarse». Y seguía un
dibujo de la planta, muy fácil de identificar: «Es
verde en invierno y en verano. Coged cada
anochecer una hoja fresca de ella, y aplicadla a
la frente del Rey; sus pensamientos se
iluminarán y tendrá un magnífico sueño que le
dará fuerzas y aclarará sus ideas para el día
siguiente».
La cosa estaba bien clara, y todos los doctores,
y con ellos el profesor de Botánica, se
dirigieron al bosque. Sí; mas, ¿dónde estaba la
planta?
– Seguramente ha ido a parar a mi montón – dijo
el porquero y tiempo ha está convertida en
ceniza; pero, ¿qué sabía yo?
– ¿Qué sabías tú? – exclamaron todos -.
¡Ignorancia, ignorancia! -. Estas palabras debían
llegar al alma de aquel hombre, pues a él y a
nadie más iban dirigidas.
No hubo modo de dar con una sola hoja; la
única existente yacía en el féretro de la difunta,
pero nadie lo sabía.
El Rey en persona, desesperado, se encaminó a
aquel lugar del bosque.
– Aquí estuvo el árbol – dijo -. ¡Sea éste un lugar
sagrado!
Y lo rodearon con una verja de oro y pusieron
un centinela. El profesor de Botánica escribió
un tratado sobre la planta celeste, en premio del
cual lo cubrieron de oro, con gran satisfacción
suya; aquel baño de oro le vino bien a él y a su
familia, y fue lo más agradable de toda la
historia, ya que la planta había desaparecido, y
el Rey siguió preso de su melancolía y
aflicción.
– Pero ya las sufría antes – dijo el centinela.

Una Historia

En el jardín florecían todos los manzanos; se
habían apresurado a echar flores antes de tener
hojas verdes; todos los patitos estaban en la era,
y el gato con ellos, relamiéndose el resplandor
del sol, relamiéndoselo de su propia pata. Y si
uno dirigía la mirada a los campos, veía lucir el
trigo con un verde precioso, y todo era trinar y
piar de mil pajarillos, como si se celebrase una
gran fiesta; y de verdad lo era, pues había
llegado el domingo. Tocaban las campanas, y
las gentes, vestidas con sus mejores prendas, se
encaminaban a la iglesia, tan orondas y
satisfechas. Sí, en todo se reflejaba la alegría;
era un día tan tibio y tan magnífico, que bien
podía decirse:
– Verdaderamente, Dios Nuestro Señor es de
una bondad infinita para con sus criaturas.
En el interior de la iglesia, el pastor, desde el
púlpito, hablaba, sin embargo, con voz muy
recia y airada; se lamentaba de que todos los
hombres fueran unos descreídos y los
amenazaba con el castigo divino, pues cuando
los malos mueren, van al infierno, a quemarse
eternamente; y decía además que su gusano no
moriría, ni su fuego se apagaría nunca, y que
jamás encontrarían la paz y el reposo. ¡Daba
pavor oírlo, y se expresaba, además, con tanta
convicción…! Describía a los feligreses el
infierno como una cueva apestosa, donde
confluye toda la inmundicia del mundo; allí no
hay más aire que el de la llama ardiente del
azufre, ni suelo tampoco: todos se hundirían
continuamente, en eterno silencio. Era horrible
oír todo aquello, pero el párroco lo decía con
toda su alma, y todos los presentes se sentían
sobrecogidos de espanto. Y, sin embargo, allá
fuera los pajarillos cantaban tan alegres, y el sol
enviaba su calor, y cada florecilla parecía decir:
«Dios es infinitamente bueno para todos
nosotros». Sí, allá fuera las cosas eran muy
distintas de como las pintaba el párroco.
Al anochecer, a la hora de acostarse, el pastor
observó que su esposa permanecía callada y
pensativa.
– ¿Qué te pasa? -le preguntó.
– Me pasa… -respondió ella-, pues me pasa que
no puedo concretar mis pensamientos, que no
comprendo bien lo que dijiste, que haya tantas
personas impías y que han de ser condenadas al
fuego eterno. ¡Eterno…! ¡Ay, qué largo es esto!
Yo no soy sino una pobre pecadora, y, sin
embargo, no tendría valor para condenar al
fuego eterno ni siquiera al más perverso de los
pecadores. ¡Cómo podría, pues, hacerlo Dios
Nuestro Señor, que es infinitamente bueno y
sabe que el mal viene de fuera y de dentro! No,
no puedo creerlo, por más que tú lo digas.
Había llegado el otoño, y las hojas caían de los
árboles; el grave y severo párroco estaba
sentado a la cabecera de una moribunda: un
alma creyente y piadosa iba a cerrar los ojos;
era su propia esposa.
– …Si alguien merece descanso en la tumba y
gracia ante Dios, ésa eres tú -dijo el pastor. Le
cruzó las manos sobre el pecho y rezó una
oración para la difunta.
La mujer fue conducida a su sepultura. Dos
gruesas lágrimas rodaron por las mejillas de
aquel hombre grave. En la casa parroquial
reinaban el silencio y la soledad: el sol del
hogar se había apagado; ella se había ido.
Era de noche; un viento frío azotó la cabeza del
clérigo. Abrió los ojos y le pareció como si la
luna brillara en el cuarto, y, sin embargo, no era
así. Pero junto a su cama estaba de pie una
figura humana: el espíritu de su esposa difunta,
que lo miraba con expresión afligida, como si
quisiera decirle algo.
El párroco se incorporó en el lecho y extendió
hacia ella los brazos:
– ¿Tampoco tú gozas del eterno descanso? ¿Es
posible que sufras, tú, la mejor y la más
piadosa?
La muerta bajó la cabeza en signo afirmativo y
se puso la mano en el pecho.
– ¿Podría yo procurarte el reposo en la
sepultura?
– Si -llegó a sus oídos.
– ¿De qué manera?
– Dame un cabello, un solo cabello de la cabeza
de un pecador cuyo fuego jamás haya de
extinguirse, de un pecador a quien Dios haya de
condenar a las penas eternas del infierno.
– ¡Oh, será fácil salvarte, mujer pura y piadosa!
-exclamó él.
– ¡Sígueme, pues! -contestó la muerta-. Así nos
ha sido concedido. Volarás a mi lado allá donde
quiera llevarte tu pensamiento; invisibles a los
hombres, penetraremos en sus rincones más
secretos, pero deberás señalarme con mano
segura al condenado a las penas eternas, y
tendrás que haberlo encontrado antes de que
cante el gallo.
En un instante, como llevados por el
pensamiento, estuvieron en la gran ciudad, y en
las paredes de las casas vieron escritas en letras
de fuego los nombres de los pecados mortales:
orgullo, avaricia, embriaguez, lujuria, en
resumen, el iris de siete colores de las culpas
capitales.
– Sí, ahí dentro, como ya pensaba y sabía -dijo
el párroco- moran los destinados al fuego eterno
-. Y se encontraron frente a un portal
magníficamente iluminado, de anchas escaleras
adornadas con alfombras y flores; y de los
bulliciosos salones llegaban los sones de música
de baile. El portero lucía librea de seda y
terciopelo y empuñaba un bastón con
incrustaciones de plata.
– ¡Nuestro baile compite con los del Palacio
Real! – dijo, dirigiéndose a la muchedumbre
estacionada en la calle. En su rostro y en su
porte entero se reflejaba un solo pensamiento:
«¡Pobre gentuza que miráis desde fuera, para mí
todos sois canalla despreciable!».
– ¡Orgullo! -dijo la muerta-. ¿Lo ves?
– ¿Ese? -contestó el párroco-. Pero ése no es
más que un loco, un necio; ¿cómo ha de ser
condenado a las penas eternas?
– ¡No más que un loco! -resonó por toda la casa
del orgullo. Todos en ella lo eran.
Entraron volando al interior de las cuatro
paredes desnudas del avariento. Escuálido como
un esqueleto, tiritando de frío, hambriento y
sediento, el viejo se aferraba al dinero con toda
su alma. Lo vieron saltar de su mísero lecho,
como presa de la fiebre, y apartar una piedra
suelta de la pared. Allí había monedas de oro
metidas en un viejo calcetín. Lo vieron cómo
palpaba su chaqueta androjosa, donde tenía
cosidas más monedas, y sus dedos húmedos
temblaban.
– ¡Está enfermo! Es puro desvarío, una triste
demencia envuelta en angustia y pesadillas.
Se alejaron rápidamente, y muy pronto se
encontraron en el dormitorio de la cárcel,
donde, en una larga hilera de camastros,
dormían los reclusos. Uno de ellos despertó, y,
como un animal salvaje, lanzó un grito horrible,
dando con el codo huesudo en el costado del
compañero, el cual, volviéndose, exclamó
medio dormido:
– ¡Cállate la boca, so bruto, y duerme! ¡Todas
las noches haces lo mismo!
– ¡Todas las noches! -repitió el otro- …¡Sí, todas
las noches se presenta y lanza alaridos y me
atormenta! En un momento de ira hice tal y cual
cosa; nací con malos instintos, y ellos me han
llevado aquí por segunda vez; pero obré mal y
sufro mi merecido. Una sola cosa no he
confesado. Cuando salí de aquí la última vez, al
pasar por delante de la finca de mi antiguo amo,
se encendió en mí el odio. Froté un fósforo
contra la pared, el fuego prendió en el tejado de
paja y las llamas lo devoraron todo. Me pasó el
arrebato, como suele ocurrirme, y ayudé a
salvar el ganado y los enseres. Ningún ser vivo
murió abrasado, excepto una bandada de
palomas que cayeron al fuego, y el perro
mastín, en el que no había pensado. Se le oía
aullar entre las llamas… y sus aullidos siguen
lastimándome los oídos cuando me echo a
dormir; y cuando ya duermo, viene el perro,
enorme e hirsuto, y se echa sobre mí aullando y
oprimiéndome, atormentándome… ¡Escucha lo
que te cuento, pues! Tú puedes roncar, roncar
toda la noche, mientras yo no puedo dormir un
cuarto de hora -. Y en un arrebato de furor, pego
a su campanero un puñetazo en la cara.
– ¡Ese Mads se ha vuelto loco otra vez! -gritaron
en torno; los demás presos se lanzaron contra él,
y, tras dura lucha, le doblaron el cuerpo hasta
meterle la cabeza entre las piernas, atándolo
luego tan reciamente, que la sangre casi le
brotaba de los ojos y de todos los poros.
– ¡Vais a matarlo, infeliz! -gritó el párroco, y al
extender su mano protectora hacia aquel
pecador que tanto sufría, cambió bruscamente la
escena.
Volaron a través de ricos salones y de modestos
cuartos; la lujuria, la envidia y todos los demás
pecados capitales desfilaron ante ellos; un ángel
del divino tribunal daba lectura a sus culpas y a
su defensa; cierto que ello contaba poco ante
Dios, pues Dios lee en los corazones, lo sabe
todo, lo malo que viene de dentro y de fuera; Él,
que es la misma gracia y el amor mismo. La
mano del pastor temblaba, no se atrevía a
alargarla para arrancar un cabello de la cabeza
de un pecador. Y las lágrimas manaban de sus
ojos como el agua de la gracia y del amor, que
extinguen el fuego eterno del infierno.
En esto cantó el gallo.
– ¡Dios misericordioso! ¡Concédele paz en la
tumba, la paz que yo no pude darle!
– ¡Gozo de ella, ya! -exclamó la muerta-. Lo que
me ha hecho venir a ti han sido tus palabras
duras, tu sombría fe en Dios y en sus criaturas.
¡Aprende a conocer a los hombres! Aun en los
malos palpita una parte de Dios, una parte que
apagará y vencerá las llamas de infierno.
El sacerdote sintió un beso en sus labios; había
luz a su alrededor: el sol radiante de Nuestro
Señor entraba en la habitación, donde su esposa,
dulce y amorosa, acababa de despertarlo de un
sueño que Dios le había enviado.